El PRI es un Partido de calado histórico, que surge del movimiento revolucionario una vez conquistado el poder, este Partido que a través de sus 85 años de existencia ha reflejado en su curso, a veces sinuoso, difícil, y aún tempestuoso la vida pública nacional, con grandes avances en su transformación social que aún en marcha promueve cambios, con ajustes sucesivos en la formulación de sus principios, en el señalamiento de sus objetivos inmediatos, en su programa de acción, en su estructura orgánica y en sus métodos y prácticas, legitimado por una Constitución y obligado por su responsabilidad histórica y mandato constitucional a cumplir una inmensa tarea social. Sus ascensos han sido los de la revolución nacional, pero también sus debilidades en las desviaciones del proceso revolucionario; pero justo es reconocerle los méritos de su intervención en el desarrollo nacional, como el instrumento para la conservación del poder, sólo interrumpido por el Partido Acción Nacional por dos periodos presidenciales sucesivos, y que con el triunfo electoral es recuperado nuevamente para el ejercicio de 2012 -- 2018. Y que en la medida que se sustente con fidelidad, mantenga su origen, su alianza (no sometimiento) con el Estado, y sus principios, programas, objetivos y compromiso con las clases populares, con un sentido autocrítico para analizar su historia y su actuación como Partido, porque es necesario reconocer que en su camino no hemos estado a salvo de claudicaciones, desvíos o retrocesos que dañan a todo Partido político en su crecimiento y fortaleza. Y hemos de ser sus militantes quienes señalemos sus errores y tratemos de perfeccionar nuestro diario trabajo.
Ante las nuevas circunstancias, el PRI, Partido que gobierna, debe mirar con ojos abiertos y críticos su pasado, el panorama del presente y los indicios del porvenir, que como Partido gobernante ha tenido que soportar el peso de los oportunismos obstinados, de la corrupción que anida en el engreimiento y se extiende cuando no es reprimida, de la infiltración de elementos extraños o antagónicos a su ideología y a sus objetivos, ya que en su calidad histórica radica su vitalidad, cuando se ha mantenido dentro del cuadro de los principios.
Fiel a su origen y a su naturaleza esencial, de Partido Nacional Revolucionario (apoyado por grandes masas del pueblo trabajador) ha subsistido y conservado su dominio para preservar la paz, promover el desarrollo y guardar la seguridad de la Nación.
El saldo pasivo se encuentra en el desequilibrio del desarrollo económico y social, que se traduce en una muy injusta distribución de la riqueza y el ingreso totalmente ajena y contraria a las finalidades de la Revolución Mexicana. Su saldo negativo se encuentra en la insuficiencia del desarrollo político nacional, en su lentitud, en sus penosas contradicciones; en el dominio que aún existe de cacicazgos locales y regionales; en el bajo nivel en el que se desenvuelven con frecuencia las luchas políticas de nuestro país, cargadas de personalismos y mercenarismos, un balance del desarrollo económico, social, político y cultural de México durante los 73 años que ha sido gobernado por hombres de este Partido o llevados al gobierno por él, arrojaría un saldo favorable en la lucha por su transformación social dirigida por el partido de la Revolución mexicana. No obstante, lo no realizado, las desviaciones toleradas o permitidas - algunas de mucha gravedad, no corregidas todavía o que es difícil revocar- es considerable; y constituye un rezago histórico, por el conjunto de problemas aún pendientes de resolver y por los obstáculos que existen contra el desarrollo equilibrado de la nación, de daños a la salud y a la moral, que opera perniciosamente contra los más altos intereses del pueblo y de la república, aspectos que representan un desafío para el Estado mexicano, y donde el Partido está obligado histórica y constitucionalmente a llevar a sus últimas y más altas consecuencias, el compromiso de organizar y coordinar la lucha del pueblo para hacer realidad los derechos sociales que la Constitución le otorga.
Éstas responsabilidades del Partido cuentan con los instrumentos necesarios para enfrentar los nuevos retos, que la situación nacional e internacional exige, el PRI está obligado ante la magnitud de estas tareas, a reformarce, a renovarse, a fortalecerce con la fuerza y la voluntad del pueblo; a ser cada vez más auténtico, en su calidad de Partido de una revolución que no debemos perder en el camino, ni dejar que se hunda en el pantano de la claudicación y la capitulación ante sus adversarios para los grandes fines que son aliviar, a toda prisa, con diligencia y energía, la amarga condición del pueblo, que cargan con el peso agobiante de la crisis económica, y que ha venido a empeorar y agravar la desigualdad social. No hay destino para un pueblo que rehuya los desafíos de la historia, no hay porvenir para quien tema a la lucha, no hay camino para el desaliento y la violencia, el camino está en entrar a una nueva etapa de desarrollo democrático de la nación, en la que será una etapa en la cual los partidos fragüen verdaderamente la democracia, la democracia que establezca la paz y propicie el progreso con agrado del pueblo.
Ante las nuevas circunstancias, el PRI, Partido que gobierna, debe mirar con ojos abiertos y críticos su pasado, el panorama del presente y los indicios del porvenir, que como Partido gobernante ha tenido que soportar el peso de los oportunismos obstinados, de la corrupción que anida en el engreimiento y se extiende cuando no es reprimida, de la infiltración de elementos extraños o antagónicos a su ideología y a sus objetivos, ya que en su calidad histórica radica su vitalidad, cuando se ha mantenido dentro del cuadro de los principios.
Fiel a su origen y a su naturaleza esencial, de Partido Nacional Revolucionario (apoyado por grandes masas del pueblo trabajador) ha subsistido y conservado su dominio para preservar la paz, promover el desarrollo y guardar la seguridad de la Nación.
El saldo pasivo se encuentra en el desequilibrio del desarrollo económico y social, que se traduce en una muy injusta distribución de la riqueza y el ingreso totalmente ajena y contraria a las finalidades de la Revolución Mexicana. Su saldo negativo se encuentra en la insuficiencia del desarrollo político nacional, en su lentitud, en sus penosas contradicciones; en el dominio que aún existe de cacicazgos locales y regionales; en el bajo nivel en el que se desenvuelven con frecuencia las luchas políticas de nuestro país, cargadas de personalismos y mercenarismos, un balance del desarrollo económico, social, político y cultural de México durante los 73 años que ha sido gobernado por hombres de este Partido o llevados al gobierno por él, arrojaría un saldo favorable en la lucha por su transformación social dirigida por el partido de la Revolución mexicana. No obstante, lo no realizado, las desviaciones toleradas o permitidas - algunas de mucha gravedad, no corregidas todavía o que es difícil revocar- es considerable; y constituye un rezago histórico, por el conjunto de problemas aún pendientes de resolver y por los obstáculos que existen contra el desarrollo equilibrado de la nación, de daños a la salud y a la moral, que opera perniciosamente contra los más altos intereses del pueblo y de la república, aspectos que representan un desafío para el Estado mexicano, y donde el Partido está obligado histórica y constitucionalmente a llevar a sus últimas y más altas consecuencias, el compromiso de organizar y coordinar la lucha del pueblo para hacer realidad los derechos sociales que la Constitución le otorga.
Éstas responsabilidades del Partido cuentan con los instrumentos necesarios para enfrentar los nuevos retos, que la situación nacional e internacional exige, el PRI está obligado ante la magnitud de estas tareas, a reformarce, a renovarse, a fortalecerce con la fuerza y la voluntad del pueblo; a ser cada vez más auténtico, en su calidad de Partido de una revolución que no debemos perder en el camino, ni dejar que se hunda en el pantano de la claudicación y la capitulación ante sus adversarios para los grandes fines que son aliviar, a toda prisa, con diligencia y energía, la amarga condición del pueblo, que cargan con el peso agobiante de la crisis económica, y que ha venido a empeorar y agravar la desigualdad social. No hay destino para un pueblo que rehuya los desafíos de la historia, no hay porvenir para quien tema a la lucha, no hay camino para el desaliento y la violencia, el camino está en entrar a una nueva etapa de desarrollo democrático de la nación, en la que será una etapa en la cual los partidos fragüen verdaderamente la democracia, la democracia que establezca la paz y propicie el progreso con agrado del pueblo.
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