Raúl Moreno Wonchee
De las catástrofes algo queda. Quiero decir que no sólo destrucción y desgracias producen los sucesos infaustos, sino que a menudo obligan a revisar versiones erróneas de conceptos y valores que ya por interés, ignorancia o mala costumbre dan lugar a las respuestas a rajatabla con las que el poder busca jalar agua a su molino. Así ocurrió, casi como un arco reflejo, luego del atentado contra Charlie Hebdó. La libertad de expresión a toda costa fue enarbolada como la gran zanahoria para la multitud reunida en torno al ¡júntense! entonado al unísono por Holande, Merkel y Rajoy aún cuando en sendos países que gobiernan haya procesos civiles y aún penales contra presuntos excesos en el ejercicio de tal libertad. El propio semanario parisino agredido ha enfrentado acciones judiciales en su contra. Olvidar que cuando las libertades, todas, incluyendo por supuesto la de expresión se proclaman al margen del derecho y más aún se ejercen en contra de la convivencia, se convierten en obscena demagogia e instrumentos perversos del peor fundamentalismo: el democrático. La libertad de expresión ilimitada no existe; en tanto derecho, está acotada por el equilibrio indispensable para la vida social. Haya sido quien haya sido el director de escena –la versión oficial es contradictoria e inverosímil--, el criminal ataque ha sido objeto de repudio generalizado y la más amplia condena; pero la consigna Je suis Charly Hebdó que esconde una intención neocolonial y busca abonar el choque de civilizaciones, ha sido ignorada por la inmensa mayoría del mundo civilizado para la que el respeto al derecho ajeno es la paz y el principio de la convivencia.
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