Por
Raúl Moreno Wonchee
En
los últimos diez años se nos han venido centenarios de a montón. Tantos, que no
hemos alcanzado a recordar todos, apenas los más relevantes y a veces, ni esos.
Menos aún de conmemorarlos como es debido. Hay quienes piensan que no ha faltado tiempo
sino memoria y voluntad, flaquezas que son signos de pusilanimidad ideológica.
O para decirlo con palabras más sencillas y no por eso menos elocuentes, falta de
conciencia de nuestro pasado y de valor para asumir sus consecuencias en el
presente. Ha sido el caso del intento de reivindicar el salario mínimo y que ha
dado lugar a una discusión soterrada. Debate en voz (demasiado) baja cuyos participantes
pasamos por alto el centenario del histórico decreto que estableció el salario
mínimo. El 9 de abril de 1915 en medio del fragor de la batallas de Celaya, fue
promulgado por Obregón, a cuyas órdenes combatían los obreros de los Batallones
Rojos. Cumplía así la palabra empeñada por el constitucionalismo en el Pacto
con la Casa del Obrero Mundial y que dos años después quedaría escrito en la
Carta Magna. Concebido como garantía social, el salario mínimo fue convertido
en su némesis por las políticas de ajuste de la segunda mitad de los ochenta.
Desde entonces ha asegurado que mientras suben los precios de todas las
mercancías, el de la fuerza de trabajo permanezca estancado. Pero allí está, a
la vista, el círculo virtuoso del crecimiento: mejorar el salario para fortalecer
el mercado interno y que haya prosperidad en las empresas. No se trata de una manera
populista de encontrar la piedra filosofal, sino de formular la política
económica que encuentre el nuevo modelo comprometido por el presidente Peña.
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