El crecimiento desigual del país --círculos que prosperan con gran rapidez, vastas masas marginadas del desarrollo económico y cultural, regiones muy adelantadas y otras muy atrasadas-- es el problema más severo que confrontan las generaciones actuales de mexicanos. Constituye incluso un amago para la paz interior, la estabilidad política y para lo que representa la Independencia Nacional en la medida de lo posible y que no puede ser atacado con eficacia, dada su magnitud con medidas de administración rutinaria y lentas, ya que se agrava por el fenómeno de la multiplicación demográfica.
Las reformas legales deben tener como objeto fundamental el de propiciar el máximo empleo de las fuerzas productivas y la elevación general de los niveles de vida de su población, al margen de los compromisos contraídos con la banca internacional que propician lo contrario. El mundo es uno, pero diverso a la vez, el intercambio de valores económicos, culturales científicos, técnicos y políticos es una ley de nuestro tiempo; es una conquista del progreso humano. No podemos ni debemos aislarnos ni separarnos, pero tampoco podemos, en nombre de ese internacionalismo profundo, borrar la diversidad, ni suprimir las peculiaridades, violar fronteras y soberanías ni pasar por alto la personalidad de cada pueblo, ni inmiscuirnos en sus asuntos, ni usurpar las funciones de sus círculos responsables y determinantes, ni suplantar su propio curso histórico.
Podemos opinar, pero en esta materia como en cualquier otra, la decisión corresponde a cada gobierno a cada pueblo, a cada grupo social, a cada individuo.
En mi opinión, para poder disminuir la violencia, que tiene raíces profundas en la sociedad, que se acrecienta, agudiza --como la época que vivimos-- que es de crisis y de lento crecimiento. Una época en que muchos valores e instituciones se liquidan o languidecen y otras van brotando, por encontrarnos en tránsito en cada país, con nuestra propia ruta.
Los principales problemas son por la insuficiencia de medios de vida, del atraso educativo y cultural, de la desnutrición y las enfermedades, la hipertrofia de muchos centros urbanos, la inmadurez de las instituciones políticas, de la desigualdad social y de la desigualdad internacional, de la corrupción por el dinero o por el poder; de todo lo cual surge, y se agrava en los tiempos críticos, una corriente general de angustia, de inseguridad, de irritación y de cólera, que en algunos espíritus y en determinados momentos se manifiesta en la pérdida del sentido de la vida humana.
Si bien se mira, nuestra época, toda nuestra época ha sido dramática y trágica; más no adocenada ni mediocre. No sólo es una época de prodigiosos avances de la ciencia y tecnología; también lo es de ascensos del hombre y de su conciencia. Es una época heroica, en la que se libran las más valerosas luchas por el progreso, la libertad y la cultura. El hombre está alcanzando nuevas dimensiones del tiempo, del espacio y de su propio pensamiento.
De ahí la importancia de tratar de resolver paso a paso, muy aprisa, con lucidez y voluntad enérgica, los problemas sociales, para abrir los caminos del presente para el futuro.
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