Por Raúl Moreno Wonchee
Los náufragos de la transición encontraron restos a dónde asirse para mantener a flote, aunque a la deriva, su oficio de tinieblas. Hubo alguno al que creyeron balsa salvavidas: las candidaturas independientes, uno de cuyos oficiantes es ya gobernador electo al que los nuevos futuristas ya le están poniendo capirote de tapado para el 18 que imaginan brumario. Pero los cuetes que el domingo 7 anunciaron la epifanía ciudadana de los sin partido, dejaron la plaza poblada de varas que deben recoger los ungidos y en un plazo muy breve aprender la conjugación del verbo gobernar, o legislar según el caso. Y no en primera persona del singular porque en nuestra República hoy más que nunca democrática y todavía representativa y federal, no hay lugar para la autocracia, no tiene cabida un gobierno de un solo hombre. Algo tendrá que hacer el señor Bronco, por ejemplo, para gobernar Nuevo León al menos que se convierta --¿o ya lo es?— en vicario de los del famoso grupo que detenta en esa entidad y en muchas otras, el superpoder económico y que a falta de pan usa y abusa de las libertades como la de expresión o la de empresa que por allá, y a veces por acá, suelen ser la misma cosa. Las candidaturas llamadas independientes no pueden ser nada más que recursos de excepción frente a circunstancias excepcionales, fe de erratas del sistema de partidos, fe de erratas y no más, al menos que el recurso se convierta en método recurrente de los que creen que con saltar por la borda van a provocar el naufragio del barco. O de los que están empeñados en provocarlo vaciando y viciando las instituciones.
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