sábado, 8 de agosto de 2015

La nave va. Ensayo político.

Por Raúl Moreno Wonchee

Sirva para el caso el recuerdo de una película genial de Fellini -- ¿cuál no?--, de los setenta, filmada en plena estela neoanarquista dejada por el 68: “Ensayo de orquesta”. Los músicos de una sinfónica ocupan la sala de ensayos, se declaran en asamblea permanente y empiezan por cuestionar al director hasta que deciden destituirlo. Los más radicales proponen abolir la dirección misma, lo que logran en medio de una trifulca. Lo que sigue es el caos y el desastre hasta que el director vuelve al podio y el ensayo continúa. Luego, sin director no hay orquesta. En la política, los partidos sin dirección sucumben a su entropía. Así pasa con el PAN y el PRD; así pasó con el PRI cuando se interpuso la sana distancia. En el cierre del siglo pasado y la primera década del XXI la ausencia de dirección política estuvo a punto de costarnos el Estado. Parafraseando a Fellini, sin Presidente no hay Estado. No que el Presidente sea el Estado, pero sin Presidente no hay Estado. Hoy, desde hace más o menos tres años hemos vuelto a tener Presidente, la piedra angular del arco institucional mexicano. Por eso la derecha, de fuera y de dentro, se afana en desgastarlo. Y la izquierda se queda en sedicente porque no alcanza a entender al Estado y el papel del Presidente: Jefe del Estado, del gobierno y del partido. Sí, del partido aunque los traficantes de abalorios le reclamen al PRI que siga siendo el PRI, cuyo presidente no es un vicario sino el interlocutor político entre las fuerzas que lo vinculan a la sociedad y el Presidente de la República. La identidad y el papel del PRI no están a discusión; si lo están sus tácticas y estrategias que dependen de las circunstancias.

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