Por Raúl Moreno Wonchee
A veces, el análisis político debe recurrir a la filosofía para penetrar en los entresijos de los acontecimientos y no quedarse en la superficie. El hueso más duro de roer para los politólogos es, sin duda, la compleja relación, la endemoniada dialéctica entre el PRI y el Presidente de la República que cobró expresión en la visita del presidente Peña a la sede del tricolor cuyo significado sólo puede encontrarse renunciando a la fraseología comodina que nos remite a lugares comunes. La forma es forma y el fondo es fondo y ni modo que no haya relación entre ambas pero cada una en su sitio para evitar confusiones. Después de la última asamblea del partido, fue éste el que estableció una “sana distancia” con el presidente Peña. La presencia del Tricolor en el Pacto y en las reformas fue más que modesta. Salvo excepciones, la participación de los legisladores priístas fue discretísima. No hubo esfuerzos visibles para defender la reforma fiscal o explicar el sentido antimonopólico de la de telecomunicaciones o el carácter no privatizador de la energética. ¿La reticencia priísta fue calculada para atemperar las resistencias o se debió a la amalgama de intereses distintos y aún encontrados de su heterogénea integración? Haya sido como haya sido, el caso es que las reformas están transformando al país y el PRI cabestrea o se ahorca. Como Peña sabe que la política sin historia es mala literatura, trazó la trayectoria del instituto político de la Revolución --como se decía antes--, vinculándola con las reformas. Y puso en la mesa la alianza del partido con los trabajadores y los campesinos, viejo, actual y postergado principio.
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