Por Raúl Moreno Wonchee
Eraclio fue buen escritor y poeta. Por eso le dieron los premios Javier Villaurrutia y el Nacional de Ciencias y Artes en lingüística y literatura. Y va a hacer un año que el Senado de la República le otorgó la Medalla Belisario Domínguez, que como suele resultar de acuerdos políticos y aún de recomendaciones del Tlatoani como único argumento (nomás hay que acordarse de Carlos Castillo), a menudo ha concitado abucheos y rechiflas del público, sobre todo cuando el galardonado no parece tener suficientes méritos cívicos, que de eso y no de otra cosa se trata. No fue el caso de Eraclio Zepeda, militante del Partido Comunista Mexicano que con denuedo impulsaba el antiimperialismo y afiliaba esforzados luchadores por la igualdad, la democracia y la libertad. Internacionalista defensor de la Revolución Cubana fue diputado por el Partido Socialista Unificado de México. Cuando la impostura enmascarada declaró la guerra al Ejército el año nuevo del 94, el Presidente de la República no tardó en declarar el cese al fuego unilateral con lo que cerró el paso a la provocación y al derramamiento de sangre. Eraclio tampoco tardó en reconocer la justa decisión de Salinas y con su comunismo irredento y su apasionado indigenismo a cuestas, se inscribió en la defensa de la paz y de las instituciones para actuar con valor civil en el conflicto y enfrentar con valor político a los sicofantes del petardismo. Eduardo Robledo lo nombró secretario general de gobierno. Se fue Robledo y llegó otro de cuyo nombre no me acuerdo. Eraclio se quedó a dar una valiosa contribución a la ardua tarea de desactivar la dialéctica de las pistolas. En su pecho, la Belisario recuperó lustre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario