Por Raúl Moreno Wonchee
De nueva cuenta Europa fue estremecida por el terrorismo. Junto a las justas y generalizadas condenas a los actos terroristas, el gobierno del país que ha sido blanco de los ataques y sus aliados han comenzado a desplegar acciones bélicas de represalia. En el primer caso son decenas las personas inocentes que han perdido la vida; en el segundo serán miles, y millones los que huyendo del iracundo desquite seguirán avanzando fronteras adentro en los territorios de los vengadores. Pero el negocio debe continuar. Las guerras de este siglo han tenido el noble propósito civilizatorio de incorporar por la fuerza al mercado mundial a los países remisos a someterse a la globalización. Y para promoverlas, no repararon en auspiciar el terrorismo. Así al llamado Estado islámico cuya altísima peligrosidad se debe a que se ha nutrido del apoyo que las grandes potencias occidentales y sus instrumentos militares, especialmente la OTAN, han dado a los ejércitos mercenarios que están buscando derrocar al gobierno legítimo de Siria, país miembro de la Organización de las Naciones Unidas. Con agudeza, Osiris Cantú escribió: “Nada justifica el terrorismo y nada justifica la guerra, flagelos que van juntos. Los guerreristas se justifican con el terrorismo que es un subproducto de la guerra y del negocio de las armas. Por eso, si la condena a la guerra no acompaña a la condena al terrorismo, ésta se queda a medias al no denunciar su nexo interno con la guerra y el armamentismo. No a la guerra y no al terrorismo, el mundo quiere y necesita la paz como la entendió Juárez, basada en el respeto a los derechos de las naciones y los individuos.”
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