domingo, 22 de mayo de 2016

La nave va. Los sonidos del silencio.

Por Raúl Moreno Wonchee

El trueno no fue en cielo despejado sino en uno cargado de presagios de tormenta.  La iniciativa de reforma constitucional del presidente Peña para reconocer el llamado matrimonio igualitario está causando ya una profunda conmoción en la vida social de nuestro país y no será menor la que provoque en la política. No se trata de una novedad porque ya hay entidades federativas donde esas uniones se han reconocido legalmente, sino un paso firme para consolidar no tanto los “derechos humanos” –lo que sea que estos signifiquen con su carga de jus naturalismo teologal— como el carácter democrático y laico de nuestro Estado nacional. Porque la reforma recién iniciada por el Presidente apunta a dejar atrás uno de los lastres que han sometido nuestra vida pública a conceptos religiosos ajenos y aún contrarios a las ideas liberales que deben sustentar las instituciones del Estado. Por eso las derechas, desde la episcopal hasta la parlamentaria pasando por la cristera, han puesto el grito en el cielo: la civilización occidental y cristiana (y viceversa), está amenazada, para en seguida invocar, ¡cómo no!, los derechos humanos. Pero si el clamor del panismo es un himno a la hipocresía,  al atraso y a la discriminación, el de la clerigalla es un grito de guerra, uno más, contra la Constitución que prohíbe, expresamente,  la intervención de los ministros del culto, el que sea, en asuntos políticos y legislativos. Alguien, entonces, se debe hacer cargo de que ese principio constitucional se cumpla. Pero en el vetusto palacio de Bucareli sólo se escuchan los sonidos del silencio.    

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