Por Raúl Moreno Wonchee
La descalificación más violenta de las reformas en curso no ha provenido de una fuerza política extremista ni de algún crítico petardista ansioso de notoriedad ni de un populista embravecido sino de la facción más reaccionaria del clero católico. Como siempre, ante las grandes reformas que a lo largo de nuestra historia han construido paso a paso el Estado que ha hecho posible el progreso social, la convivencia civilizada y el ejercicio de la soberanía, la clerecía reaccionaria ha vuelto a hacer alarde de irresponsabilidad criticando rabiosamente, fuera de contexto y sin fundamento a los poderes públicos y a los partidos políticos. Con un discurso fanático, intolerante, revanchista, basado en el odio al pensamiento ilustrado y a la ciencia, el cardenal Rivera cabeza de “los príncipes” abominados por el Papa Francisco, violó flagrantemente la Constitución y lanzó un feroz anatema contra las reformas como en su tiempo lo hicieron sus antecesores contra la independencia nacional, la reforma liberal y la Revolución mexicana. Si alguna prueba faltaba de la justeza de las reformas, ésta la ha obsequiado la enloquecida reacción clerical en su contra: si la educativa se propone mejorar la educación laica, científica y democrática; si la energética está modernizando las industrias petrolera y eléctrica sin privatizaciones, si la fiscal está cobrando mayores impuestos a los que más ganan, si la de telecomunicaciones acota los monopolios y abarata y extiende los servicios, si la igualitaria busca renovar las bases de la familia, si la anticorrupción responde al ingente reclamo social, bastantes razones tiene la contrarreforma del cardenal.
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