viernes, 8 de julio de 2016

La nave va. Populismo y demagogia.

Por Raúl Moreno Wonchee

No fue debate ni discrepancia, apenas un desatino de Obama.  Los adjetivos en política suelen variar su significado con el lugar donde se aplican: un liberal en Alemania es un derechista mientras en Estados Unidos es un centroizquierdista,  casi un populista. Y fue por el uso de este adjetivo que Obama, en fuera de lugar, intentó reconvenir al presidente Peña Nieto. Ostentándose como populista partidario de los trabajadores y de los niños pobres, fue fiel a su origen: Andrew Jackson, presidente de EU al terciar el siglo antepasado, es considerado allá como el primer populista por defender a los agricultores frente a los banqueros. Pero también firmó la ley del traslado forzoso de los indios para despojarlos de sus territorios. Fundó el Partido Demócrata --que sería hostil a Lincoln-- que llevó a la presidencia a Monroe, el panamericanista, y a Polk, el del paroxismo expansionista a costa de  México.  Ese es el populismo gringo que inspira a Obama, campeón de las deportaciones de trabajadores mexicanos escudado en una demagogia electorera. Peña usó el calificativo para aludir a Trump sin nombrarlo, no con intención de intervenir en las elecciones gringas sino de atajar el uso de México como carnada electoral. Al sur del Bravo, un populista es un demagogo que engatusa a las masas con promesas que prescinden de las instituciones. No Chávez que le dio una Constitución a su país o Evo que ha creado un orden institucional donde los indios tienen lugar. Las promesas de Trump son populistas porque se basan en la ignorancia y el atraso, fomentan la discordia y carecen de realismo y fundamento. Son demagógicas como los anuncios injerencistas en nombre de los derechos humanos.

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