sábado, 17 de septiembre de 2016

Intervención de José Elías Romero Apis, Presidente de la Academia Nacional con el ingreso de Alejandro Carrillo Castro.

Son patentes sus méritos y sus merecimientos.

Los tiempos difíciles nos obligan a reconocer a quienes están del lado del bien y de la verdad, para diferenciarlos de quienes se han colocado al servicio de la mentira y del mal. En eso reside la intención de estos ejercicios de la mente y del espíritu a los que se aplica la Academia Nacional para distinguir a unos de otros.

Para destacar a aquellos que se han consagrado a la inteligencia, a la valentía, a la bondad, a la lealtad, a la honestidad, a la humildad, al patriotismo, a la justicia y a la grandeza. Pero, también, para alertar que existen quienes se han dedicado a la traición, al perjuicio, a la envidia, al rencor, a la inconsciencia, a la irresponsabilidad y al cinismo.

A nuestro condecorado, tributo y homenaje. A nosotros, memoria y consigna. A México, honor y gloria.

Hemos escuchado la conferencia magistral de Alejandro Carrillo y estamos en pleno acuerdo. Hay voces que hoy se escuchan muy fuertes cuando hablan de la Constitución. Una de ellas propone constantemente que la Constitución hay que renovarla. La otra demanda terminantemente que la Constitución hay que respetarla. No creo que sean voces necesariamente contradictorias. Las constituciones deben renovarse cuando así lo queramos y las constituciones deben respetarse aunque no lo queramos. La renovación es consecuencia del querer. El respeto es imperativo del deber.   

         Es por eso que la dirigencia suprema de esta Academia Nacional se complace con la propuesta del académico Carillo Castro. La Fundación Miguel Alemán y la Academia Nacional, siempre hermanas y hoy hermanadas, tienen que estar presentes en el debate constitucional. Callar sería lenidad, sería irresponsabilidad, sería complicidad.    

Esta Academia Nacional ha profesado el liberalismo, desde su gestación. Las academias liberales de todos los países nacieron y se explican para el establecimiento de un espacio para que el pensamiento fuera independiente del poder político, del apetito económico y del interés faccioso y, con ello, hacerlo libre de todo sometimiento, de todo acomodamiento y de todo miedo.

Por eso, hace 400 años, Galileo Galiei y Federico Cesi fundaron la academia italiana. Por eso, hace 250 años, el Cardenal Richelieu instituyó la academia francesa y Carlos Darwin constituyó la academia inglesa. Por eso, hace 150 años, Abraham Lincoln erigió la academia estadounidense.   

El tiempo mexicano, como el de muchos países, no siempre fue el más propicio para la consolidación del pensamiento libre de todo poder. En el devenir de la humanidad, no siempre ha gustado que las ideas no se sometan al poder de la política, de la religión, del dinero, del prejuicio o, más recientemente, al poder del crimen.

         Esta, la academia mexicana, es la heredera de la Academia de Letrán y del Ateneo de México. Es muy joven pero no menor porque la voz académica de México es muy respetada por todo el mundo. No llegamos después sino muy a tiempo. La Academia Nacional de México es de las mejores del mundo porque ustedes, los académicos mexicanos, son de los mejores del mundo.  

La libertad del pensamiento mexicano ha apostado a que las instituciones del pensamiento sean rectoras y no vasallas, sean inclusivas y no excluyentes, sean universales y no individuales. Donde se rechace el pensamiento que reniega del de los demás cuando no pertenece a la misma secta, al mismo clan o a la misma runfla.

Son estos los tiempos y son estos los eventos para tomar aliento y refresco. Para imaginar nuestro posible futuro. El que nosotros sepamos elegir. El  futuro prometido por una sociedad perfeccionada a base del respeto, de la solidaridad, de la generosidad y del humanismo que seamos capaces de generar. O el futuro amenazado por una edad media de alta tecnología a fuerza de haber entronizado nuestro egoísmo, nuestro capricho y nuestra crueldad.

Es muy claro y ya no podemos disimular que si no cuidamos la ciencia nos vamos a degradar. Si no cuidamos el arte nos vamos a embrutecer. Si no cuidamos nuestra convivencia nos vamos a aniquilar. Si no cuidamos la economía nos vamos a empobrecer. Si no cuidamos nuestras convicciones nos vamos a traicionar. Si no cuidamos nuestra generosidad nos vamos a envilecer. Si no cuidamos nuestras esperanzas nos vamos a desahuciar. Si no cuidamos la justicia nos vamos a corromper. Si no cuidamos nuestro orgullo nos vamos a humillar. Y, si no cuidamos la política nos vamos a destruir.
  

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