Por Raúl Moreno
En estos tiempos revueltos hay que buscar las señales y los designios políticos en los entresijos de los textos periodísticos y encontrar las verdades para iniciados que los oficiantes emiten encriptadas. En El País (25/10), Jan Ahrens da cuenta de las cavilaciones que en voz alta hizo el presidente Peña sobre la visita de Trump a México. Con la mala leche acostumbrada por ese diario para tratar la política mexicana, Ahrens resume y asume la versión de la claque antipeña: la visita dejó una nación humillada y un jaladísimo etcétera. Después da su versión sobre las declaraciones de Peña y lo cita: “el posicionamiento del candidato republicano no me parece correcto y creo necesario que tenga un mejor conocimiento de la relevancia de la relación entre México y Estados Unidos”. Entonces, le salió a Ahrens el buen periodista que lleva dentro: “Las palabras de Peña Nieto no se pueden desligar de la caída en los sondeos de Trump”, señala sin más. En efecto, el republicano se vio obligado a replegar las ominosas banderas que lo llevaron a la candidatura: el muro y los insultos contra los mexicanos, que dejó fuera de los debates. La xenofobia y el racismo como anzuelos de la derecha más extrema requieren referencias inmediatas pues van dirigidos a sectores atrasados y resentidos. Hitler escogió a los judíos y al Corredor de Danzig; Trump escogió a los mexicanos y a la frontera con México. Mediante el diálogo, Peña le cerró el paso a la campaña antimexicana de Trump, quien privado de su eje propagandístico, ha caído en los sondeos. México dejó de ser carnada electoral y de estar expuesto a la humillación pública en el lodazal pestilente de la campaña electoral gringa. ¿Perdió Peña? Ganó México.
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