I don’t belive in Zimmerman
John Lennon
Vaya lío en que nos metió el Nobel de Literatura a Bob Dylan, un muchacho de aquellos años cuyo principal mérito quizá sea el de que, aunque los tiempos cambien, nunca ha dejado de serlo, o al menos de intentar parecerlo. Premio a un compositor de canciones juveniles, porque andarse preguntando donde está la respuesta, y más aún, respondiendo que está en el viento, a los veintitantos pasa, pero cinco décadas después supongo que hay que confesar que no se sabe. Dicen que las canciones de Dylan son bonitas, pero a mí gusta el rock porque como no hablo inglés, no entender las letras me ha ahorrado el trabajo de calificarlas. Y hasta donde sé, contrariamente a la gran difusión musical de sus canciones, las traducciones de su poesía no abundan. El caso es que Nobel dado ni Dios lo quita, baste recordar a Pasternak o a Sartre, y Dylan se va a tener que explicar a sí mismo por qué diablos se lo dieron. Seguramente hay razones extraliterarias (no sería la primera vez). A Churchill, que no era escritor, dijeron que por sus Memorias aunque ha de haber sido porque se le consideró el representante políticamente correcto de la generación que venció a Hitler. Y ya puesto a suponer, a Dylan se lo han de haber dado porque es un genuino representante de la generación que prohibió, es un decir, la bomba y tuvo como lucha diaria la paz. Y para darle un llegue a la campaña electoral gringa en curso, la más prosaica jamás imaginada. Aunque Philip Roth era y seguirá siendo mi favorito, apoyo de todo corazón el Nobel a Bob Dylan siempre y cuando confiese de dónde Dylan y the rolling stone (para que les haga justicia a Thomas y a Muddy Waters).
No hay comentarios:
Publicar un comentario