Raúl Moreno Wonchee
Hace 70 años fueron liberados los campos de concentración y exterminio del nazismo de los que Auschwitz fue conspicuo: de mayo de 1940 a enero del 45, en sus cámaras de gas murieron un millón de personas (judíos, gitanos, eslavos, prisioneros políticos, prisioneros de guerra). Era clave para la “solución final” (exterminio de la población judía). El Ejército Rojo lo liberó en un acto revelador del papel decisivo de la Unión Soviética en la derrota de Hitler. Más de 20 millones de soviéticos dieron su vida en una hazaña libertaria sin paralelo en la historia que permitió la preservación de los grandes valores de la humanidad, cerró el paso a la “solución final” e impidió el arrasamiento de la cultura judía en Europa. Se dice que el pasado no pasa sino que forma parte del presente. El nazismo no sólo fue producto de mentes enfermas, sino de las aberraciones de un capitalismo imperialista y decadente que buscó en la guerra la salida de la crisis. Luego de que el imperialismo anglo-francés se encontró con su Frankestein al consentir el rearme de Alemania, la democracia norteamericana y el socialismo soviético debieron aliarse para derrotar al nazifascismo. Que sobreviniera la guerra fría es otra historia. Pero hoy, la crisis de Europa y el hegemonismo alemán pueden reciclar la demencia. En Polonia, Ucrania, Hungría, Croacia, Eslovenia, Bosnia, los pronazis de antier son los demócratas de hoy. En Francia están creciendo los enanos lepenistas. En España, la democracia monárquica está desvelándose neofranquismo. Las sirenas cantan el choque de civilizaciones para que el racismo y la guerra den pauta al cuarto reich.
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