Por Raúl Moreno Wonchee
Estados Unidos inventó la democracia moderna. Que los ciudadanos voten y el sufragio no sea efectivo porque ahí, antes que en ningún otro país, factores antidemocráticos –el poder económico y militar-- deciden las elecciones. EU encandiló al mundo con un modelo electoral imaginario sujeto a su escrutinio y lo impuso como el garlito que atrapó a las democracias. Los países imperialistas, plutocráticos y aún monárquicos se sumaron y le pusieron de su cosecha. Pero la trampa tenía dedicatoria para aquellos países desfavorecidos por el capitalismo que buscan en la democracia no sólo un sistema electoral sino un camino soberano hacia la justicia social y el desarrollo. El modelo gringo es canto de sirenas y una gama de presiones formidables ante la debilidad de nuestras élites. La campaña electoral en curso ha puesto en evidencia la degeneración política extrema, la decadencia de la democracia americana. Los candidatos sólo han atinado al acusarse mutuamente de mentirosos y se han burlado del electorado al ocultar sus intenciones tras recíprocas acusaciones obscenas. Exhibieron la mescolanza de los grandes negocios con la injerencia, las intervenciones y la guerra, y con cinismo inaudito se confesaron delincuentes internacionales al proclamar que violarán el principio de no intervención y el derecho de las naciones a autodeterminarse. Al interponer el diálogo a las amenazas antes de que sonaran las trompetas del apocalipsis, el presidente Peña Nieto puso a México al margen de la guerra de lodo y lo libró del papel de carnada electoral que los comediantes le habían asignado.
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