Enrique Ramírez y Ramírez
Existe ya un acuerdo general en considerar que la importancia fundamental del reciente Informe del presidente López Mateos radica, más que en el detalle de las gestiones y obras públicas realizadas, en la parte doctrinaria o ideológica, que alcanza en el documento una proyección inusitada.
Tal vez por la misma razón ciertos círculos no han digerido lo sustancial del mensaje y otros, comprendiéndolo cabalmente, pretenden sin embargo disimular, paliar o desviar su sentido modular. Así, en las opiniones rotundas, eufemismos o disimulos que la exposición del Presidente ha provocado se refleja también la querella de las grandes corrientes sociales en pugna, en los umbrales de una lucha decisiva, como será la campaña para renovar los poderes Ejecutivo y Legislativo.
En apariencia, los comentarios al informe coinciden casi por unanimidad en el tono aprobatorio y aun laudatorio; pero es fácil distinguir entre aquellos que expresan un acuerdo razonado y profundo y los que sólo envuelven, con su fraseología huera y adulona, el propósito de guardar las formas ante las manifestaciones de quien une a su condición de jefe del Poder Ejecutivo una autoridad moral y política en la que hay pocos precedentes. Es muy posible que después del primero de diciembre de 1964 algunos de los que ahora aplauden sin ton ni son, o quienes emiten alabanzas solo por guardar las formas, develen su verdadera actitud.
Debe reconocerse no obstante que el mensaje presidencial que acabamos de escuchar, merece una y otra clase de comentarios. No podría ser de otro modo, puesto que se trata de un documento con definiciones precisas, en el que se expone un ideario político bien determinado. Se trata, en otras palabras, de un mensaje beligerante, en el terreno de las luchas sociales y políticas.
Los pronunciamientos del presidente son categóricos y concurren a fijar una posición que no puede prestarse a dudas. Su definición es abierta:
“Al rendir este Quinto Informe al pueblo, quiero recordar, para que el pueblo lo juzgue objetivamente, que al hacernos cargo de la responsabilidad del gobierno, nos comprometimos a reavivar en nuestro pensamiento y con nuestros actos, el sentido de la Revolución Mexicana
”.
“Así he interpretado el sentir popular: que la esencia de justicia que nuestro movimiento reivindicador representa, no se pierda ni se aminore, sino por el contrario, se afirme y se avive.
“Estime necesario reencauzar el proceso evolutivo de la sociedad dentro de ese objetivo primordial, reajustando las nuevas realidades a la esencia de la doctrina, de las leyes y de las instituciones”.
Y todavía más:
“Insisto en repetir que el pueblo mexicano ha encontrado en su propia entraña los principios fundamentales que rigen su destino; son los principios que informan su transformación histórica en las etapas de la Independencia, de la Reforma y de la Revolución; los mismos hechos en la ley suprema en la Constitución de la República, enmarcan la vida nacional; rigen la actividad de los gobiernos revolucionarios y señalan el camino a seguir…
“Si el pueblo mexicano ha forjado con dolor, con sacrificio su propia filosofía política, quienes tenemos la responsabilidad del gobierno, que el pueblo nos confirió, tenemos también la de ajustar nuestros actos a esa filosofía”.
Por tanto el Presidente ha expuesto, con la autoridad que le otorga su investidura constitucional y su papel de líder de la corriente mayoritaria nacional, su concepción sobre el desenvolvimiento del país en esta etapa histórica. Esa concepción es la de un desarrollo múltiple (económico, social, político, cultural) en un ambiente de paz interior y paz mundial; sin guerra fría, ni carrera de armamentos; sin pruebas ni armas nucleares; con pleno acatamiento a los principios de autodeterminación y no intervención; con respeto recíproco entre todas las naciones y un intercambio equitativo y creciente de bienes materiales y culturales en el orden internacional.
Ese desarrollo reviste en México todos los atributos de la legitimidad; tiene que llevarse adelante por un mandato imperativo de la Constitución, que es el Código Fundamental de la República, de observancia obligatoria para el gobierno y todos los ciudadanos. El Presidente insiste una y otra vez en ello; ése es, por decirlo así, el leit motiv de su concepción:
“La revolución social mexicana se viene realizando dentro de las leyes que han sido forjadas por el pueblo precisamente para encauzarla y acelerarla.
“Por eso es norma básica de nuestra acción gubernamental el respeto a la ley, pues estamos convencidos de que ella puede emplearse para transformar las sociedades y que fuera de un orden jurídico que responda a los postulados eternos de la justicia, poco habrá de lograrse para cimentar la nueva estructura social que los mexicanos estamos integrando”.
Cabe hacer hincapié en el carácter dinámico de la tesis de López Mateos. “En nuestro caso, la Revolución Social, en sus términos actuales se identifica con nuestro desarrollo general, eso significa para México tanto como su plena integración y desenvolvimiento”. La sociedad mexicana,
para el Presidente no está totalmente integrada ni acabada, sino sujeta a un proceso irremisible de modificaciones y transformaciones, cuyas directrices se encuentran en la Constitución. Los gobiernos y el pueblo, si quieren ajustarse a la Constitución y ser fieles a los supremos intereses nacionales, tienen que actuar permanentemente en el sentido revolucionario; es decir, promoviendo y llevando a la práctica los cambios y las transformaciones necesarias para moldear la sociedad mexicana según el espíritu y la letra de la Constitución.
La teoría de la “pausa dilatada” o del “paréntesis de acomodo y consolidación”, sostenida y vigente en otros tiempos, es desechada expresamente por López Mateos. Por el contrario, sostiene con repetido énfasis la tesis de la revolución acelerada, tomando en cuenta sin duda la magnitud y complejidad de los problemas a resolver y la enseñanza, fruto de una larga experiencia histórica, que Mora, Zarco y Cabrera, entre otros, recalcaron: toda revolución que no avanza, o que avanza lentamente, o que transa, en realidad retrocede, y es derrotada. De esto tiene ya tanta experiencia el pueblo mexicano, que sufre lo que podría llamarse un traumatismo, todo un choque psicológico, ante cualquier intento de abrir paso, con las palabras o los hechos, a una nueva etapa de “pausa” o de “prudencia”, o de marcha lenta, o de apaciguamiento del impulso de transformación revolucionaria. Por eso las organizaciones de trabajadores han declarado en estos días, frente a la sucesión presidencial, que no desean de ninguna manera la repetición de la negativa experiencia de los años cuarenta; porque en aquel período se pasó, en el curso de solo dos sexenios, de la cautela excesiva y el apaciguamiento de los conservadores, a la contrarrevolución abierta, que puso al país al borde de la guerra civil.
El sujeto y el objeto del desarrollo que López Mateos postula es el pueblo, cuerpo de la nación.
“Nuestra población es el valor supremo del país. Debemos lograr que todos los mexicanos, teniendo los mismos derechos, tengan las mismas oportunidades para alcanzar su bienestar”.
“Los sectores menos favorecidos de nuestra población son y seguirán siendo objeto primordial de nuestras preocupaciones”.
“En el discurso de crisis históricas mundiales como la de nuestra época, si las formas políticas se modifican es justamente para hacer más cierta la libertad de la persona y más real la democracia para los grandes grupos humanos”.
Se trata, pues, y no sobra que el Presidente lo razone para subrayarlo, de una revolución de esencia popular y democrática. De una revolución que se plantea objetivos distintos a los de las clásicas revoluciones liberales de las primeras etapas del ascenso del capitalismo en el mundo. El pueblo, en el concepto de López Mateos, no es una abstracción; son “los campesinos, los obreros de la industria, los trabajadores del Estado, los técnicos e intelectuales, los industriales, comerciantes y financieros progresistas y todos los demás grupos de la clase media y de los sectores populares”, a quienes llama a unirse para servir de soporte y motor al desarrollo progresista.
Pero es también una revolución nacional. Porque se desarrolla en México; se inspira (sin olvidar las experiencias y los ejemplos universales) en las tradiciones históricas de México, se guía por las propias experiencias del pueblo mexicano, se realiza fundamentalmente con los recursos y el esfuerzo de los mexicanos y toma siempre en cuenta, en suma, el cuadro peculiar histórico y geográfico en que se desenvuelve.
“En tanto seamos capaces de lograr, sin perder el hilo conductor de la Revolución Mexicana, las metas sucesivas de esa interacción y desarrollo, México existirá con nosotros y en los tiempos por venir, para cumplir las misiones históricas que consideramos inherentes al destino nacional.
“Nuestra plena integración menguaría su sentido, sino la proyectamos en la esfera internacional o si olvidamos en qué parte del mundo nos encontramos; sino pensamos seriamente que estamos en América y, concretamente, en Latinoamérica; que formamos parte de los países en desarrollo; y que somos de los que aman la paz y la independencia.
“Nuestra región geográfica, nuestra cultura original, nuestros ideales y proyecciones, en conjunto, dan sentido a la participación que tenemos y hemos de tener en el concierto de los asuntos mundiales”.
Así pues, de acuerdo con la tesis de López Mateos, se trata, en el caso de la mexicana, de una revolución social de profundo sentido popular y nacional; que se realiza a través de cambios y reformas sociales, de conformidad con una Constitución que fue formulada por el pueblo en armas; que tiene lugar en América y es parte del movimiento revolucionario de todos los países en desarrollo y que requiere, para lograr sus más altos objetivos, de la paz interior, de la paz mundial y del mayor grado de independencia nacional.
¿Pero es –se preguntarán algunos– que se trata de la misma posición de “extrema izquierda, dentro de la Constitución”, proclamada por el mismo mandatario en su maltratada Declaración de Guaymas, hace ya varios años?
Parece efectivamente que de eso se trata.
Con este editorial, el periódico “El
Día” comenta los aspectos doctrinarios del informe rendido por el Presidente de
México Adolfo López Mateos en septiembre de 1963.
Junto a otros 20 editoriales de “El
Día” agrupados con el nombre “La Tesis de López Mateos sobre el Camino de
México (y las Elecciones de 1964)” que inicia la serie cuadernos contemporáneos
titulados 21 Artículos Editoriales de El Día.
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