Por Raúl Moreno Wonchee
Entre las novedades de la visita papal está la de que el apotegma que resolvía los límites de los terrenos del César y los de Dios cesó en funciones. La visita de Francisco será un poquito de Estado y un muchito pastoral han dicho los teóricos de la Cancillería. Bueno, la de Estado nos concierne a todos los mexicanos y la pastoral nomás a la grey a la que el presidente López Portillo entregó, con su inconfundible estilo, a Karol Wojtyla transmutado en ese momento en Juan Pablo II a quien años después, Fox besaría el anillo. Pero ahora no debe haber lugar a confusiones: las embestidas anticonstitucionales de la facción episcopal liderada por Norberto Rivera con las que ha intentado provocar un clima inconveniente entre el Jefe del Estado Vaticano y el Presidente de México, han caído en el vacío. Y un destino similar tendrán las exclamaciones justicialistas (el Papa tiene sentido del humor y le gustan los juegos de palabras) que cuando no le atribuyen designios justicieros, le asignan propósitos judiciales. Embestidas clericales y exclamaciones en fuera de lugar, con perversas pero vanas intenciones de comprometer la soberanía de nuestra República indeclinablemente laica. La inmensa minoría católica mexicana podrá reafirmar su fe con la visita de Francisco. La absoluta mayoría de los mexicanos, de las más diversas religiones o de ninguna, reafirmaremos la soberanía de nuestra nación que tiene en la libertad, una de cuyas bases es la separación de la Iglesia y el Estado, su mayor fortaleza. El Papa Francisco sabe que el respeto al derecho ajeno es la paz. Y ese principio rector de nuestra vida nacional se lo llevará grabado en el corazón junto a la Guadalupana.
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