Por Raúl Moreno Wonchee
Comenzó el año 100 de nuestra vida constitucional. Dentro de un año la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos habrá cumplido un siglo de vigencia ininterrumpida. Más aún, de vigencia ampliada porque el obligado balance de las numerosas reformas de que ha sido objeto a lo largo de esos años permite afirmar que la han actualizado y le han permitido responder a realidades en cambio permanente. La Revolución, que tuvo en la lucha armada la vía que abrió el camino de la transformación social, desde su origen planteó la necesidad de traducir en leyes y en instituciones democráticas las potestades de la nación, las demandas populares, las necesidades sociales, las exigencias del desarrollo democrático nacional. Síntesis de nuestra historia, o más precisamente de las luchas del pueblo mexicano por su liberación nacional y su emancipación social, más que un proyecto de nación –la nación no es proyecto sino realidad histórica— nuestra Constitución es programa sustentado en las grandes fuerzas nacionales organizadas. No obstante su profunda raigambre popular, el pacto constitucional no ha escapado a las fluctuaciones de la correlación de fuerzas lo que en algunas ocasiones se ha traducido en debilidades, desviaciones y aún en retrocesos. Durante doce años, desde el poder, la derecha intentó demoler la Constitución. Pero la solidez de una institucionalidad de origen revolucionario preservó alianzas y propició pactos que permitieron recuperar mando y rumbo. El centenario no será, no podrá ser sólo jubileo contemplativo ni disertación académica, sino momento propicio para dar nuevo impulso a la reconstrucción del Estado mediante la reforma democrática de las instituciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario