lunes, 1 de febrero de 2016

La nave va. ¿Qué hacemos con el Chapo?

Por Raúl Moreno Wonchee

Lo primero es saber qué no es. Desde luego no el Robin Hood sinaloense al que quiso redimir Sean Penn en el papel de periodista ocasional (¡vaya oximorón!). Ni el capo global en cuyo imperio no se pone el sol. Pero tampoco el mercachifle recambiable de uso corriente. Ha sido, y no sé si lo siga siendo, una pieza clave en el mecanismo estadunidense institucional y delincuencial que tiene a su cargo la estratégica función de abastecer de manera oportuna y suficiente el fabuloso mercado de la droga del septentrión americano. Ya era muy importante cuando fue detenido y encarcelado en los tiempos del presidente Zedillo, pero su importancia se multiplicó luego de su evasión de Puente Grande. A todo lo largo y lo ancho del país en los años del gran salto atrás, fue la mano invisible que reguló –a veces por las buenas pero casi siempre a balazos— la producción y el tráfico de drogas y administró los males que los acompañan: la formidable corrupción que ha vulnerado instituciones de justicia y seguridad pública, y la violencia apocalíptica que tanto ha dañado a la sociedad y desprestigiado a México. La primera reaprehensión mostró la decisión del Estado mexicano de restablecer la soberanía en tema tan crucial. Su segunda fuga no fue obra de una banda de delincuentes por más organizados que se les suponga, sino de un comando  especializado en el uso de alta tecnología militar de allende el Bravo. La segunda reaprehensión subrayó el empeño gubernamental. Tener al Chapo en una cárcel mexicana puede ser motivo de legítimo orgullo pero a costa de una peligrosa tensión permanente con sus dueños. El Chapo debe ser oportuna y convenientemente extraditado. La basura, en su lugar.   

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