Raúl Moreno Wonchee.
Entiendo mal eso de los premios, desde los escolares hasta los científicos y no se diga los literarios. Más éstos, porque no faltan quienes adviertan en ellos intenciones ocultas. Como los que otorgan en España los borbones renacidos –y malnacidos— no por la gracia de Dios sino del Generalísimo FF, y que inventaron para darle un baño de decencia a su impostura. Luego de que el rey zafio enseñó el cobre, Felipe VI representó la esperanza monárquica de recuperar terreno. Pero el reyecito, como orgulloso bisnieto de Alfonso XIII, fue en nombre de la lengua española a dar posesión a Estados Unidos de Borinquén, la tierra del edén que el gran Gautier llamó la Perla de los Mares. Desde hace cuarenta años, el Premio Cervantes da ocasión para ofrecer a distinguidos escritores el “unto de España”, la raíz más profunda de la mentada corrupción que ahoga a Iberoamérica. Con alguna excepción reglamentarias, los premiados reconocen y algunos hasta se someten a la Corona. Este año, en el marco del cuarto centenario de la muerte del gran Manco, Fernando del Paso llegó hasta su majestad al que flanqueaba el inefable Mariano Rajoy. Ante la inconmensurable autoridad moral del dúo, presentó sus Noticias del Virreinato: la Nueva España va al totalitarismo. (Un día antes había declarado a México “país en decadencia”). Firmó su elocuente discurso dando fe de amor patrio ostentando orgullosamente en el pecho la bandera de España. No fue un crimen, fue una estupidez: la corbata con la que creyó llevar los colores de su madre patria, tenía en realidad los de una camiseta que el Barsa impostó para que se asemejara a la bandera de Cataluña.
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