Son
patentes sus méritos y sus merecimientos.
Los tiempos difíciles
nos obligan a reconocer a quienes están del lado del bien y de la verdad, para
diferenciarlos de quienes se han colocado al servicio de la mentira y del mal.
En eso reside la intención de estos ejercicios de la mente y del espíritu a los
que se aplica la Academia Nacional para distinguir a unos de otros.
Para destacar a aquellos
que se han consagrado a la inteligencia, a la valentía, a la bondad, a la
lealtad, a la honestidad, a la humildad, al patriotismo, a la justicia y a la
grandeza. Pero, también, para alertar que existen quienes se han dedicado a la
traición, al perjuicio, a la envidia, al rencor, a la inconsciencia, a la
irresponsabilidad y al cinismo.
A nuestro condecorado,
tributo y homenaje. A nosotros, memoria y consigna. A México, honor y gloria.
Hemos escuchado la
conferencia magistral de Alejandro Carrillo y estamos en pleno acuerdo. Hay
voces que hoy se escuchan muy fuertes cuando hablan de la Constitución. Una de
ellas propone constantemente que la Constitución hay que renovarla. La otra
demanda terminantemente que la Constitución hay que respetarla. No creo que
sean voces necesariamente contradictorias. Las constituciones deben renovarse
cuando así lo queramos y las constituciones deben respetarse aunque no lo
queramos. La renovación es consecuencia del querer. El respeto es imperativo
del deber.
Es
por eso que la dirigencia suprema de esta Academia Nacional se complace con la
propuesta del académico Carillo Castro. La Fundación Miguel Alemán y la
Academia Nacional, siempre hermanas y hoy hermanadas, tienen que estar
presentes en el debate constitucional. Callar sería lenidad, sería
irresponsabilidad, sería complicidad.
Esta Academia Nacional
ha profesado el liberalismo, desde su gestación. Las academias liberales de todos
los países nacieron y se explican para el establecimiento de un espacio para
que el pensamiento fuera independiente del poder político, del apetito
económico y del interés faccioso y, con ello, hacerlo libre de todo
sometimiento, de todo acomodamiento y de todo miedo.
Por eso, hace 400 años,
Galileo Galiei y Federico Cesi fundaron la academia italiana. Por eso, hace 250
años, el Cardenal Richelieu instituyó la academia francesa y Carlos Darwin
constituyó la academia inglesa. Por eso, hace 150 años, Abraham Lincoln erigió
la academia estadounidense.
El tiempo mexicano, como
el de muchos países, no siempre fue el más propicio para la consolidación del
pensamiento libre de todo poder. En el devenir de la humanidad, no siempre ha
gustado que las ideas no se sometan al poder de la política, de la religión,
del dinero, del prejuicio o, más recientemente, al poder del crimen.
Esta,
la academia mexicana, es la heredera de la Academia de Letrán y del Ateneo de
México. Es muy joven pero no menor porque la voz académica de México es muy
respetada por todo el mundo. No llegamos después sino muy a tiempo. La Academia
Nacional de México es de las mejores del mundo porque ustedes, los académicos
mexicanos, son de los mejores del mundo.
La libertad del pensamiento
mexicano ha apostado a que las instituciones del pensamiento sean rectoras y no
vasallas, sean inclusivas y no excluyentes, sean universales y no individuales.
Donde se rechace el pensamiento que reniega del de los demás cuando no
pertenece a la misma secta, al mismo clan o a la misma runfla.
Son estos los tiempos y
son estos los eventos para tomar aliento y refresco. Para imaginar nuestro
posible futuro. El que nosotros sepamos elegir. El futuro prometido por una sociedad
perfeccionada a base del respeto, de la solidaridad, de la generosidad y del
humanismo que seamos capaces de generar. O el futuro amenazado por una edad
media de alta tecnología a fuerza de haber entronizado nuestro egoísmo, nuestro
capricho y nuestra crueldad.
Es muy claro y ya no
podemos disimular que si no cuidamos la ciencia nos vamos a degradar. Si no
cuidamos el arte nos vamos a embrutecer. Si no cuidamos nuestra convivencia nos
vamos a aniquilar. Si no cuidamos la economía nos vamos a empobrecer. Si no
cuidamos nuestras convicciones nos vamos a traicionar. Si no cuidamos nuestra
generosidad nos vamos a envilecer. Si no cuidamos nuestras esperanzas nos vamos
a desahuciar. Si no cuidamos la justicia nos vamos a corromper. Si no cuidamos
nuestro orgullo nos vamos a humillar. Y, si no cuidamos la política nos vamos a
destruir.
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