lunes, 27 de marzo de 2017

La nave va. Alta traición.

Por Raúl Moreno Wonchee

Borges, quién si no, recontó las cuitas de Nils Runenberg, teólogo escandinavo de comienzos del siglo pasado, acerca del misterio de Judas. Que Dios se rebajó a ser hombre para redimir al género humano ha sido punto de partida de los que desde la fe, han buscado explicarse la traición de uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos y difundir la palabra de Dios. La traición de Judas no fue casual, forma parte del diseño original de la redención pues la penitencia divina no se limita a la agonía de una tarde en la cruz, no es la profecía de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad. Dios se hizo hombre hasta la infamia, hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos tenía a la mano su omnipotencia o encarnar en un personaje luminoso y trágico, de Sócrates a Jesús; sin embargo, para conocer el enigma de su propia creación, eligió un ínfimo destino: Judas. Ante la hostilidad de los teólogos, Runenberg se deslizó hacia la moral: mientras en el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación, en el robo la astucia y en el homicidio el coraje, eligió una culpa no visitada por ninguna virtud: la traición. Desde entonces, el estigma  es indeleble, irreductible al perdón. Con el tiempo, en el ámbito religioso la traición se convirtió en asunto de conciencia y en la vida social, en alta traición cuando se comete contra la soberanía, el honor y la independencia de la Patria. ¿Qué son, entonces, las calumnias a las instituciones que defienden a México contra las amenazas de la bestia? ¿Qué virtud anima al que viaja hasta el Norte brutal que nos desprecia para deshonrar a nuestro país? No hay, Andrés, disculpa que valga.

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