Por Raúl Moreno Wonchee
En la controversia con Estados Unidos ¿a quién beneficia que se debilite México? La obvia respuesta hace parecer ociosa la pregunta. Sin embargo, la circunstancia obliga a formularla y a responderla en voz alta. México es el principal enemigo de Trump, no porque haya querido o buscado tal enemistad sino porque Trump la hizo el eje de su estrategia propagandística para perfilar el revanchismo que le permitió atraer a la gelatina wasp y ganar las elecciones. Se le hizo fácil pero no tuvo en cuenta que México le tomó la medida desde el principio. Hay que repetir cuantas veces sea necesario que ya en septiembre de 2015, el presidente Peña denunció en la tribuna de la 70 Asamblea General de la ONU la demagogia racista y excluyente de los nuevos populistas. Nadie lo había hecho. Y desde entonces no soltó la iniciativa en la defensa de México. Ningún jefe de Estado se ha echado un pulso con Trump como lo ha hecho Peña. Ningún jefe de Estado se ha atrevido a cancelarle una reunión al presidente de EU como lo hizo Peña en una valerosa reivindicación de la dignidad nacional. Frente a México Trump ha aprendido a conjugar el verbo recular como lo exhibió en su último discurso ante el Congreso. ¿Qué se traen, entonces, los que atacan a Peña? No aquellos que le critican una u otra política pública o tales o cuales actos de gobierno, sino los que a partir de negar de espaldas a la realidad su defensa de México ante Trump, se atreven sin razón alguna, a reclamarle supuesta tibieza para luego cuestionar su representatividad. ¿Qué proponen? ¿Que Peña se bata a navajazos y mentadas de madre con Trump? ¿Qué se proponen? ¿Que renuncie a la inteligencia, al conocimiento y a la legalidad y se meta en los terrenos de la bestia? ¡Qué afán de servir a Trump!
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