Por Raúl Moreno Wonchee
A los que dicen que la forma es fondo hay que hacerles notar que a veces el fondo es forma. En la ceremonia de izamiento de la bandera yanqui –en el mejor sentido (que lo tiene) de la palabra— en la embajada de EU en Cuba todo fue significativo: de la presencia de los marines que arriaron hace 54 años la enseña y que entregaron el repuesto, hasta cada una de las palabras de John Kerry dichas de espalda al muro que según Padura es el malecón habanero. Y entre todo lo dicho por el secretario de Estado no puede pasarse por alto la marca del zorro: la irrenunciable misión injerencista en nombre de la democracia y los derechos humanos del Departamento a su cargo. Habrá que agradecerle que en su emotivo discurso no hubiera pasado por alto sus temas preferidos. Con una temeridad asombrosa anunció sus intenciones aunque el único lugar en la Isla donde los derechos humanos han sido abolidos es allí donde nunca han dejado de ondear las barras y las estrellas: la base naval de Guantánamo, territorio cubano ocupado y mantenido a la brava para que nadie olvide el carácter imperialista del coloso del norte y cuyos instrumentos son el Pentágono y el Departamento de Estado. De aquí el gran mérito del presidente Obama que con inteligencia, tenacidad y valor ha restaurado, al menos en parte, los valores de la nación americana sobre los cuales el presidente Franklin Delano Roosevelt instauró la política de buena vecindad --apenas aludida por Kerry-- que en su tiempo el secretario de Estado Cordell Hull intentó burlar de cien maneras. El paso dado por el presidente Obama no alcanza a conjurar las asechanzas injerencistas que anidan en la oficina de al lado.
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