Por Raúl Moreno Wonchee
Por lo pronto, se movió el gobierno. Lo movió su Jefe aplicando la facultad que le otorga el Artículo 89 de la Constitución de “nombrar y remover libremente a los secretarios del Despacho”. Y hubo enroques, remociones y nombramientos que cuadran la alineación del gabinete presidencial para el segundo tiempo. Entra Aurelio Nuño por Emilio Chuayffet quien a trompicones dejó casi resuelta la turbulencia magisterial, (resolver ese casi será la evaluación del joven secretario). A tropezones Rosario pasa al limbo de la Sedatu al que había sido confinado Jesús Murillo después sus servicios eminentes al Estado en su paso por el séptimo círculo. La sustitución de Rubido por Renato Sales se explica sola, lo mismo que el ingreso de Enrique de la Madrid, lo que no ocurre con el cambio de José Calzada por Enrique Martínez y menos aún el de Pacchiano por Guerra (se ha olvidado que figuras como Mario Molina, Sarukán y Carabias, entre otras, demuestran que el ambientalismo mexicano hace años dejó de ser cosa de niños). Reyes Baeza se sacó el tigre porque en el ISSSTE los recortes amenazarán la pleura y el peritoneo de una institución delicada de salud. Claudia Ruiz Massieu llega a una Cancillería reconstruida por el talento y la pericia de José Antonio Meade que volvió a posicionar a México en la comunidad internacional. Remitido a la Sedesol donde su experiencia y compromiso le permitirán hacer la política social para la que su antecesora estaba impedida, Meade tiene la sensibilidad y la destreza para cubrir y fortalecer el flanco más débil de la sociedad y del gobierno.
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