domingo, 5 de febrero de 2017

La nave va. Centenaria.

Por Raúl Moreno Wonchee

La Constitución es la Constitución. Valga la paráfrasis del ilustre Luis Cabrera para explicar la esencia y la peculiaridad de nuestra Carta Magna, escrita por la representación revolucionaria de los ciudadanos armados que enriquecieron la sabiduría liberal heredada de la Reforma con el agrarismo de las masas campesinas y la reivindicación social de los obreros.  Así, no fue, no podía ser un traje de luces para una sociedad lastrada por los cadáveres insepultos del coloniaje y resurrectos por la oligarquía decimonónica incubada en el porfiriato y que lejos de dar origen a la burguesía nacional anhelada por Justo Sierra, se convirtió en anfitriona del imperialismo. Fue, en cambio, acta fundadora de la democracia nacional y cimiento de la justicia social. Unió a México en el federalismo, fortaleció la convivencia civilizada con el laicismo y abrió el futuro de la nación a la soberanía popular. Por eso nació como un texto extenso que incluso incurrió en detalles para garantizar los derechos esenciales de los trabajadores y las potestades de la nación, y que se ha ampliado para responder a las complejidades y fermentos de la realidad nacional y de un mundo en incesante cambio. En el Constituyente Permanente encontró el remedio contra la caducidad doctrinaria y la esclerosis institucional, y aseguró su renovación.  La última vez que un extraño enemigo profanó con su planta el suelo de la Patria fue en la víspera de su promulgación. Ha cumplido un siglo de vigencia ininterrumpida, la más larga de América Latina, en el que ha sido lazo de unión indisoluble entre los mexicanos y valladar infranqueable al intervencionismo imperial. Y hoy, cuando la barbarie se ha instalado en la maldita vecindad, la unidad nacional requerida para hacerle frente tiene, en la Constitución, su fundamento.

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