lunes, 20 de febrero de 2017

La nave va. Ecos de la marcha.

Por Raúl Moreno Wonchee

¿Cómo se mide la importancia de una manifestación? ¿Por su organización? ¿Por sus consignas? ¿Por su recorrido? ¿Por la cantidad de asistentes, su condición social y su conducta? ¿Por la causa invocada? ¿Por la calidad de los convocantes y sus contradicciones? Tendríase, entonces, que contar con un buen matemático, uno estilo Condorcet que valorara las correlaciones para encontrar la calificación buscada. ¡Ah! y otra medición muy relevante que por poco se me olvida: el espacio y el tiempo que los medios le dieran al acontecimiento. Y no hay duda: la boruca mediática (con todo y las malas intenciones) a que dio lugar la manifestación del domingo 12 revela que su importancia fue mayor a la concedida por sus críticos. Los primeros convocantes, intelectuales orgánicos de Televisa, desataron una profusa y difusa confusión. Han de haber tenido en mente la trampa tendida en pleno Zócalo, con Roger Waters y el muro, a la fanaticada rockera que fue sorprendida en pleno pasón con la demencial leyenda proyectada en las pantallas del concierto: ¡renuncia ya! buscando vulnerar no a la persona aludida sino a la soberanía. Pero el domingo 12 hubo una presencia decisiva: la UNAM que se sumó a la convocatoria con apenas tiempo para darle a la manifestación masa crítica y sentido. Profesores, investigadores, autoridades, alumnos de posgrado, estudiantes y profesionistas  acompañaron al rector Enrique Graue convertido en la referencia necesaria y confiable, auténtico representante de la dignidad reivindicada. La inmensa mayoría de la heterogénea y plural multitud que marchó del Auditorio al Ángel, repudió a Trump, exigió respeto a México y definió el carácter de la marcha con sereno y claro patriotismo, mientras las falanges embozadas fracasaban rotundamente en su intento de reventar la manifestación.

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