Por Raúl Moreno Wonchee
El futbol no se lleva bien con la política, se dijo sobre todo en los momentos estelares de las grandes selecciones nacionales de Brasil y Argentina, cuando en esos países se entronizaron dictaduras militares que los utilizaron como fachadas de un falso bienestar e instrumentos de mediatización política. No fue sólo ése el signo de aquellas gestas futbolísticas; también elevaron la moral de esos pueblos y en algo aliviaron la pesadumbre causada por la opresión dictatorial. En otro sentido, una bronca en un partido entre Honduras y El Salvador en junio del 69, dio pretexto a que el gobierno salvadoreño lanzara una ofensiva militar sobre territorio hondureño con intenciones expansionistas, lo que dio inicio a la “guerra del futbol” que durante cien días enfrentaría a dos países hermanos. Por el estilo fue el comentario de Felipe Calderón sobre el partido de la Copa América en que Venezuela ganó a Colombia. Iracundo, seguramente por motivos extrafutbolísticos, el expresidente Calderón despotricó contra “el juego sucio” de los venezolanos y acusó al presidente Nicolás Maduro de haberlos entrenado en tan malas artes. (Maduro, cuya pasión deportiva es el beisbol, se ha de haber sentido doblemente ofendido). Este incidente, ridículo y aparentemente vano, sin embargo es parte de la ofensiva conjunta de la derecha continental, la oligarquía interna, de círculos injerencistas de EU y de negociantes españoles, contra la soberanía de Venezuela. Por lo que a Calderón toca, exhibe el desequilibrio causado por la derrota política que lo está llevando también, a dividir a su partido y a empujar a una aventura sin futuro a la señora Margarita Zavala.
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