Por Raúl Moreno Wonchee
El fraude electoral fue un mito genial de la derecha. Cuando la Revolución se afanaba por degenerar en gobierno, sus enemigos lo inventaron para difamarla y consolar a los desheredados del poder. O de los que nunca lo habían tenido pero que se creían condenados a la victoria. Así se generó una subcultura del fraude cuyo remedio obligó a un gasto gigantesco que aplicado a lo social o a inversiones productivas le hubiera causado un buen quebranto a nuestro subdesarrollo. Largo y sinuoso el tramo del IFE que debió convertirse en pista de aterrizaje de la alternancia, eufemismo por revanchismo derechista. Democracia sin adjetivos que nos metió en una noche de 12 años de parálisis política, estancamiento económico y deterioro social, lo que causó un grave quebranto al Estado una de cuyas más visibles consecuencias fue el auge del crimen organizado. La nueva alternancia –otro eufemismo para no asumir del todo la formidable derrota que le infligió el pueblo a la derecha en el gobierno en 2012— arrancó con un ambicioso programa reformista concertado con los principales partidos, con rectificaciones políticas sustanciales y con un cambio radical en la estrategia contra la delincuencia. Las reformas y las nuevas políticas provocaron respuestas de los afectados y generaron turbulencias que los grupos privilegiados y los desestabilizadores buscaron aprovechar para debilitar al gobierno atizando las dificultades económicas y desatando una desenfrenada ofensiva mediática que llegó a exigir la dimisión del Presidente y la derogación de las reformas. Esperaban una debacle electoral. Pero las elecciones fueron una gran victoria de la democracia nacional. La noche quedó atrás.
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