Por Raúl Moreno Wonchee
Ya lo dijo el otro Papa y tuvo razón en ello: la política es una expresión concentrada de la economía. Concentrada o dilatada pero expresión al fin. Fórmula de la que se puede servir quien quiera explicar el curso y el desenlace de procesos electorales como los que recientemente han tenido lugar en este México que a pesar de todo no declina los derechos que en la Constitución plasmó el pueblo en armas. La Revolución, que se bajó del caballo y que la bajaron del poder, volvió con los nietos (o bisnietos) funcionarios –chapó mi añorado Saldaña— para que hagan efectivos los derechos escritos y prescritos en la Carta de Querétaro. Ese propósito llevó a Enrique Peña a la Presidencia de la República y le permitió concebir, convocar y procesar el Pacto por México cuyos resultados dan cuenta de la vigencia histórica del casi centenario constitucionalismo mexicano. En las tres anteriores elecciones intermedias, el pueblo detuvo el embate neoconservador que en sendas ocasiones impulsaba el presidente en turno. En las del domingo 7 la mayoría correspondió una vez más a las fuerzas progresistas con la diferencia sustancial de que ahora no se trató solamente de detener tendencias regresivas sino de respaldar las reformas y las nuevas políticas impulsadas desde el Ejecutivo. Es un indicio de que se han empezado a definir los nuevos adjetivos de nuestra democracia: antioligáquica y antimonopólica. Y a reafirmar los viejos: nacionalista y popular. Por cierto, hace 6 semanas fue día de la madre, la que nos amó antes de conocernos; hoy es día del padre, el que nos amó como si fuéramos suyos. Abur.
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