Por Raúl Moreno Wonchee
Ante el naufragio que suponen inminente, los tripulantes de la transición han decidido saltar por la borda. Como ratas de barco abandonan su tan anhelada democracia sin adjetivos que un día no muy lejano opusieron a la dictadura perfecta. En un intento supremo de cancelar de una vez y para siempre el mito genial del sufragio efectivo porque el sistema electoral no les alcanza en sus pretensiones de redimir una sociedad políticamente minusválida incapaz de ejercer su soberanía, llaman a todos aquellos que tengan una insatisfacción o un deseo pendiente, a que anulen su voto. Como si todo fuera un capricho y no hubiera historia, como si el reconocimiento del derecho al voto a la mujer no hubiera iniciado hace sesenta y tantos años la construcción del sistema electoral mexicano, nuestras eminencias llaman a cortar de tajo el camino ascendente de las libertades democráticas y los derechos políticos para dar un salto mortal hacia una falsa arcadia electoral donde no haya lugar para imperfección alguna. Una señora que se ostenta como autoridad suprema en la materia, que no hace mucho hizo gala de tolerancia democrática al pregonar que aprobaba que sus sirvientes simpatizaran con el Peje y que hoy ocupa un lugar preeminente entre los anulacionistas --como se designan a sí mismos los autoanulacionistas con benevolencia digna de mejor causa--, esa señora publicó una diarreica letanía con cada uno de los motivos que en su estro demencial deberían llevar a los ciudadanos a anular su voto. En su delirio, anular equivale a exigir. En las elecciones hay que elegir, escoger. Anular es anularse.
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