Por Raúl Moreno Wonchee
Y cuando despertamos, todo lo cubría el lodo. Si un día hombres barbados llegaron por donde sale el sol a cambiarnos el oro por cuentas de vidrio, con la modernidad otros llegaron del norte y nos cambiaron la confianza por la transparencia. La confianza en su sentido humano, antagónica a la fianza de la banca y de las finanzas que requiere respaldo contante y sonante. Confianza basada en la identidad, en el reconocimiento del prójimo como semejante, en el sentido común, en lo común. Porque la modernidad desconfía de la confianza por aquello de la amistad, de la solidaridad, de la cooperación, y en aras del individualismo, fomenta la desconfianza en los profesores, en los policías, en los médicos, en los compas del sindicato, en los empresarios, en los militares, en los marchantes… Y de los gobernantes y legisladores, mejor ni hablar. ¿Qué sigue? La transparencia, y si se puede, la obscenidad. ¡Hay que dinamitar la cloaca! tarea de los pontífices de la nueva religión que desde sus púlpitos electrónicos, mediante grabaciones ilegales y editadas linchan al poli sediento que se toma una chela, al profe que le da un coscorrón a un escuincle majadero, al médico desvelado que se echa una siestecita, hasta el empresario con las manos en la masa o al funcionario que resbala y más que un crimen comete una estupidez. Difundir grabaciones ilegales es ilegal porque se hace apología del delito con fines de lucro. Y se obstruye la acción de la justicia. El que reciba la grabación de una falta o delito, debe entregarla al ministerio público y no trasmitirla. Si no, que lo pongan en la lista de sospechosos de grabar ilegalmente.
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