martes, 26 de mayo de 2015

La nave va. Ida y vuelta

Por Raúl Moreno Wonchee

No falta quien diga que entre los brasileños y los mexicanos hay buena vibra. No faltará feminista –el sexo no importa— que con aquello del género corrija: brasileñas y mexicanos o viceversa. Para no acudir al cuento viejo del fútbol, cuento aquí que una vez Carlos Lira, guitarra en ristre, me vino con el cuento de que la bossa nova y el bolero son hermanos… de leche, le faltó decir. Lo que no es cuento es que entre México y Brasil hay un afecto mutuo. Será que un país tiene cosas que el otro admira y viceversa. Yo, por ejemplo,  admiro a Jorge Amado por su calidad literaria, su compromiso social y su desenfado. Ah, y su sentido del humor. Será por eso que me ando atreviendo a juguetear con un tema tan serio como la amistad entre dos grandes naciones, una cuatro veces más grande que la otra pero ambas de importancia estratégica para América Latina, lo que le da dimensión a la visita de Dilma Rousseff. A mí me encanta Dilma, por su brasileñidad desbordada, su talento político, su pasión social, su valor. Y me late que entre ella y Enrique Peña hay coincidencias fundamentales, lo que es conveniente para los dos gobiernos y benéfico para los dos países. Y favorable a la unidad latinoamericana. Dilma ha tenido la delicadeza de explicar por qué Brasil se distanció de México: en la Cumbre de las Américas de 2005, Fox se puso al servicio de Bush para que sin respeto alguno a los mandatarios allí reunidos, se abordara el ALCA que no estaba en la agenda. Eran los años de la entrega, del cenas y te vas, de la indignidad. Con Peña, México dio vuelta. La visita de Dilma nos reúne con América Latina y nos reconcilia con nosotros mismos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario