Enrique Ramírez y Ramírez
La función fundamental
de la historia es trasmitirnos una experiencia, un mensaje, una imagen del
pasado y por ello no solamente es un ejemplo, sino que de ella emana la nueva
vida. Por ello rendimos los mejores impulsos del pasado, que nos ayudan a marchar
hacia el porvenir. Es, con este sentido sereno y devoto de la historia, con
limpio respeto de mexicanos, que hoy nos acercamos a la figura de Morelos.
Morelos no sólo es el
retrato viviente, doliente y majestuoso de su pueblo y de su época, era también
anuncio de lo que íbamos a ser los mexicanos en este transcurso centenario de
nuestra historia, más que como individuo como comunidad nacional. En él se
encontraron ya los ingredientes esenciales de nuestras pasiones y de nuestros
sueños, de nuestras debilidades y nuestras grandezas, de nuestros ideales
imperecederos y el signo de nuestras victorias. De pocos héroes, en verdad, de
nuestra historia, se puede decir tanto. Desde la cuna hasta la tumba es México,
México lívido de miseria, sangrante de heridas, dolorido de humillaciones y de
opresiones. Morelos, hijo de padres pobres y desconocidos, descendiente de
carpintero y de maestro de escuela elemental, campesino desde la infancia,
arriero después, estudiante pobre más tarde, y en seguida, cura de pobres,
indios y mestizos indigentes, ese es su origen, su sello, brotando de las capas
profundas, de las más humildes de un pueblo. Como estudiante que aprende moral,
filosofía y gramática de su tiempo; dentro de su tiempo que privaba en el país;
pero también la filosofía en no oficial, la que venía de los libros prohibidos,
perseguidos y condenados, de los libros de la Ilustración, de los libros que
balbuceaban el liberalismo moderno. Y después el sacerdocio, pero el de la fe
sencilla, de los humildes; la religión que es comunicación del pastor con el
sufrimiento de su rebaño. No la religión del alto clero enajenado a los altos
poderes dominantes, sino la religión del bajo clero, tan explotado como el
mismo pueblo. En esa escuela se forjó Morelos. Y en ese trayecto dio con su propio espejo; con su
propio destino, porque fue en el Benemérito Colegio de San Nicolás de Morelia,
en donde trabó conocimientos con quien habría de ser su maestro y su guía, su
caudillo y su ejemplo, y la piedra
angular de su sacrificio y su martirio: Miguel Hidalgo y Costilla.
En toda existencia
humana hay encuentros decisivos; encuentros que enderezan o tuercen los ríos de
la vida; encuentros que son pactos para toda la vida; encuentros de los que
brota, a veces por igual, la apoteosis y la tragedia. El encuentro de Morelos e
Hidalgo, rector éste último de San Nicolás, fue de estos encuentros, y fue no
solo decisivo para la vida de Morelos, lo fue para la Nación Mexicana.
Es inútil ocioso
comparar a los héroes; los héroes no se contraponen, entre ellos; no son
superiores ni inferiores los unos a los otros, cuando llegan a las altas
moradas del heroísmo verdadero. Ellos, vencida su circunstancia terrenal y
humana, más allá del tiempo y del infinito tiempo de la historia, está
hermanados y presiden el curso prodigioso de sus postas.
Hidalgo –y ruego se
escuche lo que quiero decir–, Hidalgo es el primer gran revolucionario radical
del Continente Americano. Hace unos días se puntualizaba el sentido de los
genuino de la palabra “radical”. “Radical” proviene de la raíz, y se supone
partir de la raíz o ir a la raíz de las cosas, es decir, ir al fondo de los
problemas para abordarlos, para modificarlos o para resolverlos radicalmente,
exhaustivamente, finalmente.
Hidalgo era un radical,
porque abordaba problemas profundos acumulados en una historia de más de tres
siglos de calamidad, de humillación, de opresión; tres siglos que pesaban sobre
el pueblo conquistado y, después sobre la Colonia dependiente, y tenía que
abordar el problema de la independencia y de la liberación de ese pueblo de una
manera radical; de otra manera no hubiera estado a la altura de su época ni de
su pueblo. Se ha comentado superficialmente, con un falso humanitarismo, aquel
grito inicial del cura Hidalgo.
Morelos es el
continuador de éste radicalismo, pero ya en el terreno de las soluciones
sociales. En los Sentimientos de la
Nación, proclamaba las garantías fundamentales de la persona humana, la
libertad de pensar, la inviolabilidad del domicilio; un trazo de lo que más
tarde serían las garantías individuales en nuestro derecho constitucional.
Su concepción de
Nación, como un todo, que armonizará en la igualdad del derecho; que moderando
el lujo y la opulencia, y aliviando la indigencia, pudiera dar bases a la unión
de la nación, y que la nación, democráticamente, dentro de ella misma, con
poderes soberanos y, a la vez interdependientes en las tareas comunes del
progreso de la patria, organizará así, una sociedad de libres y de iguales que
fuera respetada en el exterior. Y nos acercamos ante él, como ante el héroe que
no concebía la escueta de la independencia de una Nación en su evolución
justiciera presidida por la libertad, por la fraternidad, por la igualdad ante
la ley, por el respeto mutuo de todos sus hijos; por el imperio de la justicia
social, por la justicia de los pueblos y de las clases desvalidas y
desamparadas.