miércoles, 13 de septiembre de 2017

Morelos y la justicia social

Enrique Ramírez y Ramírez

La función fundamental de la historia es trasmitirnos una experiencia, un mensaje, una imagen del pasado y por ello no solamente es un ejemplo, sino que de ella emana la nueva vida. Por ello rendimos los mejores impulsos del pasado, que nos ayudan a marchar hacia el porvenir. Es, con este sentido sereno y devoto de la historia, con limpio respeto de mexicanos, que hoy nos acercamos a la figura de Morelos.
Morelos no sólo es el retrato viviente, doliente y majestuoso de su pueblo y de su época, era también anuncio de lo que íbamos a ser los mexicanos en este transcurso centenario de nuestra historia, más que como individuo como comunidad nacional. En él se encontraron ya los ingredientes esenciales de nuestras pasiones y de nuestros sueños, de nuestras debilidades y nuestras grandezas, de nuestros ideales imperecederos y el signo de nuestras victorias. De pocos héroes, en verdad, de nuestra historia, se puede decir tanto. Desde la cuna hasta la tumba es México, México lívido de miseria, sangrante de heridas, dolorido de humillaciones y de opresiones. Morelos, hijo de padres pobres y desconocidos, descendiente de carpintero y de maestro de escuela elemental, campesino desde la infancia, arriero después, estudiante pobre más tarde, y en seguida, cura de pobres, indios y mestizos indigentes, ese es su origen, su sello, brotando de las capas profundas, de las más humildes de un pueblo. Como estudiante que aprende moral, filosofía y gramática de su tiempo; dentro de su tiempo que privaba en el país; pero también la filosofía en no oficial, la que venía de los libros prohibidos, perseguidos y condenados, de los libros de la Ilustración, de los libros que balbuceaban el liberalismo moderno. Y después el sacerdocio, pero el de la fe sencilla, de los humildes; la religión que es comunicación del pastor con el sufrimiento de su rebaño. No la religión del alto clero enajenado a los altos poderes dominantes, sino la religión del bajo clero, tan explotado como el mismo pueblo. En esa escuela se forjó Morelos. Y en ese  trayecto dio con su propio espejo; con su propio destino, porque fue en el Benemérito Colegio de San Nicolás de Morelia, en donde trabó conocimientos con quien habría de ser su maestro y su guía, su caudillo y  su ejemplo, y la piedra angular de su sacrificio y su martirio: Miguel Hidalgo y Costilla.
En toda existencia humana hay encuentros decisivos; encuentros que enderezan o tuercen los ríos de la vida; encuentros que son pactos para toda la vida; encuentros de los que brota, a veces por igual, la apoteosis y la tragedia. El encuentro de Morelos e Hidalgo, rector éste último de San Nicolás, fue de estos encuentros, y fue no solo decisivo para la vida de Morelos, lo fue para la Nación Mexicana.
Es inútil ocioso comparar a los héroes; los héroes no se contraponen, entre ellos; no son superiores ni inferiores los unos a los otros, cuando llegan a las altas moradas del heroísmo verdadero. Ellos, vencida su circunstancia terrenal y humana, más allá del tiempo y del infinito tiempo de la historia, está hermanados y presiden el curso prodigioso de sus postas.
Hidalgo –y ruego se escuche lo que quiero decir–, Hidalgo es el primer gran revolucionario radical del Continente Americano. Hace unos días se puntualizaba el sentido de los genuino de la palabra “radical”. “Radical” proviene de la raíz, y se supone partir de la raíz o ir a la raíz de las cosas, es decir, ir al fondo de los problemas para abordarlos, para modificarlos o para resolverlos radicalmente, exhaustivamente, finalmente.
Hidalgo era un radical, porque abordaba problemas profundos acumulados en una historia de más de tres siglos de calamidad, de humillación, de opresión; tres siglos que pesaban sobre el pueblo conquistado y, después sobre la Colonia dependiente, y tenía que abordar el problema de la independencia y de la liberación de ese pueblo de una manera radical; de otra manera no hubiera estado a la altura de su época ni de su pueblo. Se ha comentado superficialmente, con un falso humanitarismo, aquel grito inicial del cura Hidalgo.
Morelos es el continuador de éste radicalismo, pero ya en el terreno de las soluciones sociales. En los Sentimientos de la Nación, proclamaba las garantías fundamentales de la persona humana, la libertad de pensar, la inviolabilidad del domicilio; un trazo de lo que más tarde serían las garantías individuales en nuestro derecho constitucional.

Su concepción de Nación, como un todo, que armonizará en la igualdad del derecho; que moderando el lujo y la opulencia, y aliviando la indigencia, pudiera dar bases a la unión de la nación, y que la nación, democráticamente, dentro de ella misma, con poderes soberanos y, a la vez interdependientes en las tareas comunes del progreso de la patria, organizará así, una sociedad de libres y de iguales que fuera respetada en el exterior. Y nos acercamos ante él, como ante el héroe que no concebía la escueta de la independencia de una Nación en su evolución justiciera presidida por la libertad, por la fraternidad, por la igualdad ante la ley, por el respeto mutuo de todos sus hijos; por el imperio de la justicia social, por la justicia de los pueblos y de las clases desvalidas y desamparadas.