lunes, 4 de febrero de 2019

A 102 años del Aniversario de la Constitución, su vigencia dependen de su defensa.

La Constitución de 1917 nació de la Revolución Mexicana, inseparable de ese proceso histórico, de profundas transformaciones, valuarte y alma de las instituciones mexicanas y garantía para que México permanezca en pie, en su camino hacia el progreso, a pesar de todas las dificultades interiores y exteriores, siguen vigentes las garantías consagradas en la Constitución de la República, en donde no podrá haber lugar para ninguna dictadura mientras lata el corazón de nuestro pueblo, sea cual sea su signo.

El Constituyente de 1917 reconoce que más allá y por encima de la igualdad en derecho de los individuos, hay desigualdades de carácter económico y social, sobre las cuales debe operar con un sentido equilibrador, todo un cuerpo de principios, de ordenamientos jurídicos. Con ese propósito, la Constitución establece un régimen de protección a las clases económicamente débiles, para conformar una sociedad menos desproporcionada, desde el punto de vista de la potencia de las diversas clases sociales.

La Constitución actual además, esclarece otras garantías, que apenas esbozaban en anteriores constituciones, son las que hemos llamado garantías de la Nación, sea las que la Nación se da a sí misma, no sólo para reservar sino consolidar, ampliar y llevar a la plenitud su soberanía, su independencia lo que con un no término jurídico, se puede llamar su grandeza, éstas garantías están contenidas en varios artículos.

Podría hablarse, incluso de otro tipo de garantías comprendidas en la Constitución, son las que México ofrece y al propio tiempo reclama de todos los demás países para el establecimiento y el desarrollo, de relaciones respetuosas y pacíficas en el mundo, al afirmar México el principio de su soberanía, reconoce también el de la soberanía de otros países y proclama como norma de la convivencia internacional, el derecho de autodeterminación de cada país.  

La Constitución es un programa no de partidos, sino de la Nación en su conjunto y especialmente de las mayorías populares y de las demás fuerzas vinculadas al progreso. 

En cuanto a la Constitución, el programa y apoyo de las transformaciones que imperiosamente reclama el interés del pueblo, estarán abiertas las puertas del interés de México en la paz y en la independencia, por otro lado en el olvido o la negación sistemática de la Constitución, se encuentra hoy por hoy, la opción de los desafíos y las aventuras más temerarias.

Sería un error encerrarse en una absurda ideología, pero sin caer en los extravíos del aislacionismo, ni perder de vista en ningún día el cuadro de la cambiante situación mundial, por ello, siempre será preferible proyectar los rumbos de México, tomando en cuenta ante todo, la historia, la geografía, las condiciones particulares de México.

Tiene importancia la Constitución como cuerpo político y factor de lucha, y es así por que en México el constitucionalista ha echado raíces en el curso de nuestra historia, ha generado realidades que no podrán ser destruidas fácilmente y se expresa, en la Constitución de 1917, como un vigoroso índice de transformación revolucionaria. 


Pero hay algo que debe advertirse con la mayor claridad: si toda Constitución refleja, como decíamos una determinada relación de fuerzas, el destino de la Constitución y su cumplimiento - más o menos ajustado a sus proyecciones progresistas -, dependerán, en cada momento y en definitiva de la capacidad que las distintas fuerzas sociales y políticas, tengan y pongan en práctica para decidir los rumbos por los que ha de marchar la Nación Mexicana. 

lunes, 5 de marzo de 2018

Reflexión a los 89 del nacimiento del Partido Revolucionario Institucional


Después de la Revolución había que reconstruir al país, ponerlo a producir, y esto solo podría hacer en la paz, en la paz de las instituciones y esto fue posible a través del Partido Nacional Revolucionario que nació en 1929, y que empezó a organizar políticamente a la Nación y que debe seguir organizándolo.

¿Cuál es la doctrina de éste Partido?

Clara y sencilla, producto de nuestra historia, de la Revolución Mexicana de 1910 que es una continuación de la Revolución Liberal de mediados del siglo pasado, y de la Revolución de Juárez y ésta de la continuación de la Independencia encabezada por Hidalgo y Morelos, para quienes quieren concebir la historia del país en el aire, hace metafísica y no política, y no lucha social.

En la amarga época de 300 años de colonia y hasta en el viejo mundo precortesiano indígena. Hasta allá van los antecedentes de la Revolución Mexicana.
Mal hacen, mal piensan, mal sueñan, los que quieren darle otro sentido a la Revolución Mexicana que no sea el sustento de nuestra propia historia. La lucha por la creación de una nueva sociedad mexicana, sociedad organizada conforme al principio de la democracia social, una divisa extraída de nuestra historia hecha en México, e inspirada también de algunas doctrinas universales, porque nada puede crearse de grande y de profundo en el aislamiento, pero siempre apoyándose ante todo en nuestra propia experiencia; la democracia social fue una consigna del partido en 1929 al nacer.

Por encima de todos sus defectos, la Revolución Mexicana ha sido un fruto de éste país, hecho con su materia humana; por eso ha sido un proceso vigoroso, porque a pesar de sus propias agonías, ella misma no ha podido traicionarse, ni traicionar el gran aliento que sale de la tierra mexicana y ahí ésta la fuente de la vitalidad histórica del Partido Nacional Revolucionario, que después se llamó bajo Lázaro Cárdenas Partido de la Revolución Mexicana y que desde 1946 durante el gobierno de Miguel Alemán hasta nuestros días, se llama Partido Revolucionario Institucional.

Éste como fruto de la historia y que hace la historia; no es un partido temporal ni de temporada; sobre sus propios defectos se levanta su historia, partido de grandes masas de obreros, campesinos, clase media, partido que en el poder hizo el gran reparto de millones de hectáreas de tierras. Partido que puso en vigor la legislación derivada del artículo 123 de la Constitución, que organizó los sindicatos, en el establecimiento de los trabajos colectivos, la jornada de 8 horas, el descanso semanal; es el partido que implantó la seguridad social, es el partido que sembró en el país de escuelas primarias, secundarias, preparatorias, es el partido que construyó una red educativa desde los jardines de niños hasta las universidades y tecnológicos, que da educación a millones de niños y jóvenes mexicanos. Es el partido que ha dado al país ciento de miles de nuevos intelectuales humanistas (abogados, escritores, artistas, y de intelectuales técnicos: constructores, ingenieros, médicos, químicos, mecánicos, electricistas, economistas, en fin, siempre adecuándose a las condiciones que el país requiere). Es el partido en cuyo mandato han florecido las artes del país, el resplandor del renacimiento mural, que le dio al mundo artistas de la talla de Orozco, de Rivera, de Siqueiros, de Tamayo y que le sigue dando muchos otros más.

En una frase, somos creadores de las instituciones que han contribuido al desarrollo del país, y que por las presiones mundiales se ha visto obligado a perder soberanía y olvidarse del fortalecimiento de su mercado interno.

Pero hoy a sus 89 años, todavía hay una deuda grande con la Nación que no se ha pagado, en la existencia aún de dos polos, el de la “opulencia y el de la indigencia” que no han podido ser aliviados y que se debe a la acumulación fabulosa de riquezas en una minoría y a la alarmante miseria en una gran proporción que no podemos ni debemos ocultar; el Partido debe asumir la plena conciencia de que esa desigualdad no ha sido aliviada, que es una desigualdad desgarradora que separa al pueblo de México, lo divide, crea enemistades entre sí, lo pone cada paso al borde de la violencia; pone en peligro la estabilidad y la paz lograda.

No puede concebirse un desarrollo indefinido del país sino se amortigua esa profunda desigualdad. Y ésta injusta distribución de la riqueza que es lo contrario de lo que prometió el plan económico de la Revolución Mexicana y que está en contra de la declaración de principios original y ha sido renovada constantemente por el partido, que es un partido que debe seguir luchando por la justicia social y por la democracia.

Nuestro partido, tiene que operar con todas sus energías y con todas sus facultades para volver a México al camino de la Revolución, aún no terminada. Para corregir las desviaciones que México ha sufrido en las últimas décadas del siglo pasado y lo que llevamos de éste siglo; para obligar a una redistribución de la riqueza y del ingreso, que ponga al país en el camino, no de la igualdad perfecta, que tampoco existe, sino de una liberación justiciera; de la liberación social de los mexicanos. Sólo sobre esa base, México puede marchar adelante. No lo hará si sigue acumulando la desigualdad; desigualdad injusta que es muy mala tierra de cultivo para la democracia y no podemos hablar de democracia en medio de ésta desigualdad tan destructiva, ofensiva, como es la que existe en México.

La estrategia del partido debe tratar de romper más la dependencia del país respecto al extranjero, ser más independiente, fortaleciendo el mercado interno y buscar su transformación económica, social, política y cultural en un régimen de democracia social; más profunda que la que supone la sola elección por el voto popular de los funcionarios públicos, que sea una democracia económica también, que los trabajadores en todos los ámbitos alcancen una proporción mucho mayor del fruto de su propio trabajo, que se proteja más que al capital.

Sin soluciones políticas no es posible ninguna otra solución.
¿Y de dónde parten las soluciones? Las soluciones solamente pueden partir de que el pueblo esté organizado, de que el pueblo sea el principal protagonista de la vida nacional.
El partido debe atender al pueblo no solamente en las luchas electorales, sino en la lucha de todos los días, por el pan, por la vivienda, la salud, la educación, la seguridad social. Que el partido llegue al centro del hogar; no un partido de hombres solos, que ingresen al partido masivamente. Que sea capaz de unir en torno suyo a la mayoría de la Nación, que sea el eje de la unidad nacional y de la alianza popular, de la que tenemos necesidad angustiosa, porque hay que defender a la Nación de las acechanzas exteriores y defenderla del hambre destructiva, de la inseguridad, de la opresión.

Que el partido sea el partido del pueblo, un nuevo PRI armado con armas muchos más poderosas, armas de la razón, un PRI más radical que vaya a la raíz de las cosas, más apegado a la tierra de México, a sus hombres y mujeres del pueblo, un PRI que vuelva a las fuentes originales de las que emana toda fuerza, toda inspiración, toda victoria, que son las fuerzas del saber, de la voluntad del pueblo. Ave de las tempestades, partido combatiente de la Nación, que se levante con la mirada puesta hacia un futuro mejor, en este pleno siglo XXI.

lunes, 20 de noviembre de 2017

La mujer en la Revolución Mexicana

La Revolución mexicana fue la explosión que cambió a México. Fue la primera revolución del siglo XX y una de las más apasionadas y apasionantes de la historia, en ella, se dieron varios procesos simultáneos, se luchó por el nacionalismo, el renacimiento de la clase popular y campesina, fue una lucha antiburguesa.

Varios sectores sociales tuvieron una participación vital en la Revolución Mexicana. Los campesinos, los intelectuales y las mujeres, de este último cabe destacar que, su participación fue determinante para el futuro político del país, porque realizaron hazañas al mismo nivel de los hombres en una sociedad marcada por el género y el machismo. 

Una prueba de ello, lo reflejan las fotografías de Agustín Cassasola, desde la imagen gráfica, el fotógrafo realizó lo que quería transmitir a través de la imagen, que muestra una historia no escrita, la que se puede interpretar desde diferentes perspectivas. En ella encontramos rostros reflejados de mujeres anónimas que no han sido reconocidas, mujeres que dejaron huella a través de los corridos, como la Rielera, la Adelita, la Valentina entre otras; historias muy bien reflejadas en la novela de Mariano Azuela Los de Abajo, o a través de la cinematografía como Memorias de un Mexicano, Toña Machetes, La Cucaracha, Las Mujeres de mi General, etc. 

Actualmente, habría que preguntarnos si podríamos ser capaces de organizar una gran cruzada política, económica, social y educativa, que convierta a la mujer mexicana en el detonante del nuevo humanismo, y de la modernización cívica del mexicano. Si por naturaleza y tradición somos quienes educamos a los hijos, entonces, tenemos que hacer de cada madre y de cada esposa, la detonadora de una mentalidad nueva, distinta, la semilla a la cual queremos llegar, tiene que ser sembrada y cultivada en cada casa, en cada familia, en cada hogar y solo podrá lograrse si le enseñamos a la mujer que incorpore en la conciencia de sus hijos valores como la responsabilidad social, la tolerancia, la honradez, amor y respeto a su patria, al ambiente, a otros individuos, a su pareja, a ser, en síntesis, un ciudadano íntegro,  y para ello, sólo necesitamos de los principios que defendió una de las más importantes revoluciones del siglo XX, como lo fue y sigue siendo "mientras no se cumplan sus postulados, la Revolución Mexicana”, y de los valores universales que rigen la ética mundial, la ética de los hombres y de los pueblos, independientemente de su raza, credo, nacionalidad. Hacer de cada mujer, una gran arquitecta del mexicano del futuro distinto, humano, cívico, politizado, que necesita el país. Si vamos a votar, que sea para eso, transformar a la mujer mexicana en un motor impulsor de la modernidad. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Morelos y la justicia social

Enrique Ramírez y Ramírez

La función fundamental de la historia es trasmitirnos una experiencia, un mensaje, una imagen del pasado y por ello no solamente es un ejemplo, sino que de ella emana la nueva vida. Por ello rendimos los mejores impulsos del pasado, que nos ayudan a marchar hacia el porvenir. Es, con este sentido sereno y devoto de la historia, con limpio respeto de mexicanos, que hoy nos acercamos a la figura de Morelos.
Morelos no sólo es el retrato viviente, doliente y majestuoso de su pueblo y de su época, era también anuncio de lo que íbamos a ser los mexicanos en este transcurso centenario de nuestra historia, más que como individuo como comunidad nacional. En él se encontraron ya los ingredientes esenciales de nuestras pasiones y de nuestros sueños, de nuestras debilidades y nuestras grandezas, de nuestros ideales imperecederos y el signo de nuestras victorias. De pocos héroes, en verdad, de nuestra historia, se puede decir tanto. Desde la cuna hasta la tumba es México, México lívido de miseria, sangrante de heridas, dolorido de humillaciones y de opresiones. Morelos, hijo de padres pobres y desconocidos, descendiente de carpintero y de maestro de escuela elemental, campesino desde la infancia, arriero después, estudiante pobre más tarde, y en seguida, cura de pobres, indios y mestizos indigentes, ese es su origen, su sello, brotando de las capas profundas, de las más humildes de un pueblo. Como estudiante que aprende moral, filosofía y gramática de su tiempo; dentro de su tiempo que privaba en el país; pero también la filosofía en no oficial, la que venía de los libros prohibidos, perseguidos y condenados, de los libros de la Ilustración, de los libros que balbuceaban el liberalismo moderno. Y después el sacerdocio, pero el de la fe sencilla, de los humildes; la religión que es comunicación del pastor con el sufrimiento de su rebaño. No la religión del alto clero enajenado a los altos poderes dominantes, sino la religión del bajo clero, tan explotado como el mismo pueblo. En esa escuela se forjó Morelos. Y en ese  trayecto dio con su propio espejo; con su propio destino, porque fue en el Benemérito Colegio de San Nicolás de Morelia, en donde trabó conocimientos con quien habría de ser su maestro y su guía, su caudillo y  su ejemplo, y la piedra angular de su sacrificio y su martirio: Miguel Hidalgo y Costilla.
En toda existencia humana hay encuentros decisivos; encuentros que enderezan o tuercen los ríos de la vida; encuentros que son pactos para toda la vida; encuentros de los que brota, a veces por igual, la apoteosis y la tragedia. El encuentro de Morelos e Hidalgo, rector éste último de San Nicolás, fue de estos encuentros, y fue no solo decisivo para la vida de Morelos, lo fue para la Nación Mexicana.
Es inútil ocioso comparar a los héroes; los héroes no se contraponen, entre ellos; no son superiores ni inferiores los unos a los otros, cuando llegan a las altas moradas del heroísmo verdadero. Ellos, vencida su circunstancia terrenal y humana, más allá del tiempo y del infinito tiempo de la historia, está hermanados y presiden el curso prodigioso de sus postas.
Hidalgo –y ruego se escuche lo que quiero decir–, Hidalgo es el primer gran revolucionario radical del Continente Americano. Hace unos días se puntualizaba el sentido de los genuino de la palabra “radical”. “Radical” proviene de la raíz, y se supone partir de la raíz o ir a la raíz de las cosas, es decir, ir al fondo de los problemas para abordarlos, para modificarlos o para resolverlos radicalmente, exhaustivamente, finalmente.
Hidalgo era un radical, porque abordaba problemas profundos acumulados en una historia de más de tres siglos de calamidad, de humillación, de opresión; tres siglos que pesaban sobre el pueblo conquistado y, después sobre la Colonia dependiente, y tenía que abordar el problema de la independencia y de la liberación de ese pueblo de una manera radical; de otra manera no hubiera estado a la altura de su época ni de su pueblo. Se ha comentado superficialmente, con un falso humanitarismo, aquel grito inicial del cura Hidalgo.
Morelos es el continuador de éste radicalismo, pero ya en el terreno de las soluciones sociales. En los Sentimientos de la Nación, proclamaba las garantías fundamentales de la persona humana, la libertad de pensar, la inviolabilidad del domicilio; un trazo de lo que más tarde serían las garantías individuales en nuestro derecho constitucional.

Su concepción de Nación, como un todo, que armonizará en la igualdad del derecho; que moderando el lujo y la opulencia, y aliviando la indigencia, pudiera dar bases a la unión de la nación, y que la nación, democráticamente, dentro de ella misma, con poderes soberanos y, a la vez interdependientes en las tareas comunes del progreso de la patria, organizará así, una sociedad de libres y de iguales que fuera respetada en el exterior. Y nos acercamos ante él, como ante el héroe que no concebía la escueta de la independencia de una Nación en su evolución justiciera presidida por la libertad, por la fraternidad, por la igualdad ante la ley, por el respeto mutuo de todos sus hijos; por el imperio de la justicia social, por la justicia de los pueblos y de las clases desvalidas y desamparadas. 

lunes, 21 de agosto de 2017

La nave va. Volver a los diecisiete.

Por Raúl Moreno Wonchee

En el PRI están contentos. Salió bien su asamblea y pueden asegurar que su partido seguirá sustentando a la Nación y al Estado. En política las comparaciones son obligatorias y sobran ejemplos de países sumidos en el estancamiento y aún en el atraso por la falta de un régimen político a la medida de su historia y de un partido que lo conduzca. Los mexicanos contamos con una revolución resuelta en constitución que a pesar de haber cumplido un siglo, o quizá por eso, le ha dado a la Patria solidez bastante para haber convertido la maldita vecindad en una relación no exenta de contradicciones, dificultades y aún graves conflictos, pero que ha atajado el intervencionismo y mantenido a salvo la soberanía. Régimen democrático de origen. Porque nuestra democracia no es epifanía sino lucha de cien años; que después de vivir un siglo vuelve a los diecisiete, al diecisiete en este diecisiete. Cuando Peña recuperó la Presidencia, se comprometió a mover a México, una forma de decir que iba a volver a poner en marcha la Revolución. Y ya se sabe que el único camino es el de las reformas: telecomunicaciones, hacienda, energía y educación fueron objeto de cambios estructurales que nos abrieron el porvenir. Hubo otras menores y otras resultantes de las negociaciones. ¿Y el Partido? Seguir al frente de un país en transformación, lo obligó a actualizar su visión de futuro, fortalecer principios e ideología, ampliar su programa, adecuar su organización. El mejor PRI ha sido el que en ejercicio de su independencia llevó a Peña a la victoria contra el gobierno de la derecha. Ahora debe recomponer sus relaciones con el poder y con la sociedad para ganar la Presidencia y proseguir las reformas.