lunes, 17 de julio de 2017

La nave va. Ladridos y murmullos.

Por Raúl Moreno Wonchee

¿Será que Trump es más temido que temible? Es decir, que la percepción de la peligrosidad del personaje no corresponda con su capacidad de desestabilizar la vida internacional y dañar la convivencia pacífica; que el poder económico, político y militar de la gran potencia está sujeto a controles y circunstancias  interiores y externas que limitan sus intenciones. En el  primer semestre de su mandato sus ladridos han sido inversamente proporcionales a sus mordidas. México, el país más expuesto a una embestida, sin desestimar los riesgos mantiene la iniciativa. La maldita vecindad nos ha obligado a afinar sensibilidad y destrezas. Desde candidato, Trump supo por voz del presidente Peña, el desacuerdo de México con la construcción de un muro en la frontera y el rechazo tajante a su absurda pretensión de que nuestro país lo pague. Se fue ladrando, lo que la claque mediática amplificó para descalificar a Peña. Una vez en la Presidencia, Trump convino un encuentro con el Presidente mexicano; a última hora intentó condicionarlo a que nuestro país aceptase el pago. Peña canceló unilateralmente la entrevista, gesto de gran valor y dignidad que la claque ignoró. Hace unos días, en la Cumbre del G 20 se llevó a cabo un encuentro de los presidentes en cuya agenda no tuvo lugar el muro. La jugarreta de Trump de ladrar, fuera del orden de la reunión, que México pagaría el muro,  dio materia para que la claque volviera a cargar contra Peña quien replicó que las relaciones internacionales no se hacen con murmullos (ni con ladridos, digo). Hace unos días, el Congreso estadunidense aprobó incluir en el Presupuesto la continuación del muro realmente existente, no el imaginado por Trump. El costo correrá a cargo de los contribuyentes gringos, no de México. Y los de la claque, como los mariachis, callaron.

La nave va. Botana.

Por Raúl Moreno Wonchee

¿Qué estará en juego en las próximas elecciones presidenciales? Porque junto con el nombre del que resulte ungido, no son pocos los que piensan que algo más  se deberá dirimir en ese torneo electoral. No sólo la filiación del ganador porque por lo visto podría ocurrir que no fuera chicha ni limonada, que resultara tan independiente que la democracia, ya liberada de adjetivos, objetivos y compromisos, perdiera sentido. Absolutamente. Democracia sin sentido, la utopía reaccionaria de estos tiempos.  Por ahora sólo una utopía pero que está haciendo caminar, y cada vez más de prisa, a los enemigos de los partidos, de los políticos, de los parlamentos, de los sindicatos, de los gobiernos, de la política en suma. Ya lo escribió Chesterton: los pobres pueden estar contra uno u otro gobierno, según; mientras, los ricos están contra todos los gobiernos, hasta los que ellos ponen. Pero si en el semestre recién comenzado no les va tan bien a los sacerdotes y acólitos del becerro de oro, algo habrá de resolverse que permita abatir la confusión. ¿Entre los candidatos? Uno que postule revertir las reformas para complacer a la oligarquía y manipular la insatisfacción popular; otro, el de la anomia con el novedoso anhelo de sacar al tricolor de Los Pinos. Y un tercero, el candidato que se proponga rescatar los cambios corrigiéndolos para profundizarlos y extenderlos hasta alcanzar las transformaciones que sustenten el desarrollo democrático nacional, con un partido que unificado en ese propósito, genere la energía ciudadana capaz de darle respaldo electoral y social.   

martes, 4 de julio de 2017

La nave va. Dos caras.

Por Raúl Moreno Wonchee

Las elecciones recién pasadas muestran, si fuera necesario, que la democracia está arraigada en México. No sé cuánto ni desde cuándo pero sí que las tres revoluciones que apuntalan la historia mexicana tuvieron un claro carácter democrático definido en sendas constituciones. No ha habido dictadura revolucionaria, y ninguna fuerza representativa la ha propuesto ni intentado imponer. Contra lo que dicen los intelectuales (¡vaya frase!), el pueblo mexicano es un pueblo demócrata. La aparente apatía popular frente a la política contrasta con la impecable organización de los procesos electorales. Un inmenso ejército ciudadano se moviliza puntualmente, sin un peso de por medio, para dar vida a un sistema de elecciones competidas. Por otro lado, el financiamiento público a los partidos blinda las elecciones contra el dinero sucio y el que desde el poder económico o el gobierno pudiera falsificarlas. La lucha contra estas intervenciones cuenta con instituciones eficaces que desde luego deben sujetarse a un mejoramiento permanente. Pero también, las recientes elecciones han puesto en evidencia las carencias políticas e ideológicas que debilitan nuestra democracia y de las que son responsables los partidos. Unos más que otros, ya se sabe, pero todos acuden a la oferta corta y suplantan la propaganda por la publicidad. Las denuncias axiomáticas sustituyen a la crítica, y el petardismo de los tuiters y la vacuidad de los espots privan de oxígeno al discurso y al concepto; han abandonado la educación política del pueblo y el estudio y el análisis de los problemas nacionales e internacionales no están en sus agendas. Urge, entonces, redefinir y codificar las obligaciones y derechos de los partidos en materia de difusión política.