lunes, 7 de noviembre de 2016

La nave va. La hora once.

Por Raúl Moreno Wonchee

A punto de vencerse el plazo, Estados Unidos y el mundo viven un singular  momento, a caballo entre la farsa y la tragedia. Especialmente México por su condición geográfica, la de siempre como dijo Pero Grullo, pero que pocas veces ha producido una preocupación semejante: por las amenazas e insultos de Trump al escogernos como objetos del racismo y la xenofobia, su oferta revanchista para los perjudicados por la crisis y la gran recesión de las que culpa al populismo de Obama. Dice que si bajan los impuestos a las corporaciones habrá más inversión y empleo, siempre y cuando se cierren el mercado y la inmigración. Por su lado, Clinton defiende a medias la política social de los demócratas, pero añade la mala vecindad: antes, Bill inició la construcción del muro y al obligar a que la droga entre a EU por nuestro país nos envolvió  en la violencia incesante; y luego Hillary, la secretaria de Estado  responsable de llevar el muro más allá de los mil kilómetros, de deportar más de dos millones de mexicanos, de entregar miles de armas a los narcos, etc. En el lodazal de una contienda soez, a Trump y a Clinton los une el consenso imperial: coinciden en violar el derecho internacional; lo que disputan es el honor de hacerlo. En México, los que exhortan a apoyar a Clinton no le sumarán ni un voto pero exhiben el mérito de su obsecuencia ante las barras y las estrellas. Peña, cuando convocó a los candidatos a dialogar sobre lo bilateral, cerró el paso a sus intenciones de usar a México en su demagogia electorera; el curso posterior de la campaña y la ausencia del tema en los debates, así lo demuestran. En la hora once, la Canciller busca colgarse la medalla.

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