Por Raúl Moreno Wonchee
Se cumplieron 70 años de Hiroshima y Nagasaki. Cuando cayó Berlín se abría un luminoso futuro para la humanidad. La paz planeada en Yalta por Roosevelt, Stalin y Churchill llevaría a una Europa democrática y neutral, al desmantelamiento del colonialismo, a la apertura en América Latina de una vía de desarrollo nacional independiente, a la creación de un organismo internacional eficaz para la solución pacífica de las controversias y la cooperación para el desarrollo. Pero a la muerte de Roosevelt, en la cúpula del poder estadunidense se impusieron los que habían hecho de la guerra el mayor de los negocios. En agosto del 45 Japón estaba vencido: su flota había sido destruida y sus ejércitos desalojados de las islas del Pacífico; devastadas sus principales ciudades e instalaciones militares por la ofensiva aérea desatada desde los portaviones yanquis; derrotada su ocupación militar en China, Indochina y Corea. La URSS había invadido Manchuria. Su capitulación era inminente. El 6 de agosto Hiroshima sufrió el primer bombardeo atómico de la historia; tres días después, Nagasaki el segundo. Nada justificaba semejante barbarie sobre ciudades abiertas y por tanto, indefensas. Aquellas bombas no sólo arrasarían esas ciudades y acelerarían la rendición de Japón, sino someterían a la humanidad al terror nuclear. Allí murió la naciente paz que los pueblos habían forjado con grandes sacrificios. Europa se dividió, arrancó la carrera armamentista, creció inmensamente la cota de dolor y sangre de la lucha anticolonial y un nuevo ciclo de dictaduras se perfiló en América Latina. Luego de Hiroshima siguió la guerra fría cuyos inconmensurables costos seguimos pagando.
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