sábado, 20 de febrero de 2016

La nave va. Francisco y la Constitución.


Por Raúl Moreno Wonchee

En el principio era el Verbo, escribió Juan para acreditar la divinidad de su Evangelio. Y luego de que los Papas se invistieron Vicarios de Cristo, su palabra adquirió inspiración divina.  Con eso le bastó y sobró a Francisco, tan parecido y al mismo tiempo tan distinto a sus antecesores, para llegar a México palabra en ristre. Con maestría jesuítica cautivó a propios y a extraños (sospecho que más a éstos que a aquellos, al fin y al cabo cautivos por la fe) y procedió a la crítica: suave con los políticos, demoledora con los obispos, sutil con los del dinero, dura con el neocolonialismo y sus secuelas. Y al referirse a algunos males de nuestro tiempo que en México cobran expresión extrema, invocó la moral como respuesta, con lo que eludió una definición comprometida ante un país doliente que sufre las atroces consecuencias de una vecindad donde se origina la trata de personas y el narcotráfico con su cortejo de violencia, corrupción, tráfico de armas. Porque la crítica a la sociedad mexicana no puede pasar por alto que nuestro país, como ninguno otro, sufre los más perniciosos efectos del imperialismo dominante. Como no se trata de pedirle peras al Papa, a fin de cuentas su mensaje esperanzador y respetuoso contribuye a  mantener en alto la dignidad de México. Y al abstenerse de  condenar el aborto y el reconocimiento de los derechos a los  homosexuales, pero sobre todo de confrontar el concepto católico de la libertad religiosa con el principio constitucional de la libertad de cultos, en las ceremonias religiosas y actos públicos que encabezó Francisco  respetó la Constitución y dio línea a los obispos nativos.

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