Ni modo, una vez más hay que citar a Marx parafraseando a Hegel con motivo del coup d’Etat de Luis Bonaparte, llamado por Víctor Hugo Napoleón el pequeño: que las tragedias históricas luego se repiten como farsas. La que hoy se anuncia con Trump tiene al menos dos tragedias tras de sí: la guerra del 47 entre Estados Unidos y México, por cierto la única del imperio del norte contra una nación latinoamericana y cuyas heridas no acaban de cicatrizar, y el papel de Hitler en la segunda guerra mundial. Cuando ya parecía agotado su repertorio de diatribas y amenazas contra México y los mexicanos, Trump acudió a la palabra maldita: guerra. Guerra para imponer su muro y lo que siga. El racismo y la guerra como la fórmula de Hitler para provocar el Gran Holocausto donde sucumbieron más de 70 millones de seres humanos. No ha sido menor el repudio al aspirante republicano: el presidente Obama, el papa Francisco, y no olvidemos que el presidente Maduro fue el primero. Entre nosotros, el presidente Peña no ha sido tardo ni perezoso. Con la cautela que le impone su cargo, desde octubre pasado en la Asamblea de las Naciones Unidas hasta en días recientes en sendas entrevistas periodísticas, Peña Nieto ha abordado el tema con precisión y valentía al señalar no sólo los riesgos sino los daños que ya está infligiendo la demagogia fascistoide y el ultranacionalismo retrógrada de Trump. La que está floja es la sociedad mexicana: los partidos políticos, las organizaciones sociales, los medios de comunicación, las agrupaciones profesionales, las oenegés, los independientes. ¿Acaso confían que de manera automática se cumplirá la sentencia de Marx y Trump se quedará en farsante?
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