Por Raúl Moreno Wonchee
Obama fue a Hiroshima y no pidió perdón. El crimen ahí perpetrado y repetido tres días después en Nagasaki es imperdonable. Con todas las agravantes y sin ninguna razón militar sino sólo el frío y despiadado cálculo imperial, Truman ordenó sendos bombardeos atómicos. Dos disparos bastaron para causar la muerte de cientos de miles de civiles. El objetivo de aquellas bombas no era sólo la población indefensa de dos ciudades abiertas sino el mundo todo que fue sometido a la amenaza de un terror jamás imaginado, el terror termonuclear. Porque Japón estaba vencido: las islas meridionales del Pacífico habían caído en poder de los norteamericanos; los portaviones yanquis lanzaban devastadores ataques sobre las principales ciudades, puertos, instalaciones militares y centros industriales nipones; en China, Corea y Vietnam las tropas japonesas estaban derrotadas; el Ejército Rojo avanzaba en Manchuria. Dos meses antes, cuando Alemania capituló, ante el mundo se abría la paz convenida en Yalta por Roosevelt, Stalin y Churchill que conduciría a una Europa democrática y neutral, al desmantelamiento del colonialismo en Asia y África, a abrir una vía de desarrollo nacional independiente para América Latina y a crear un instrumento eficaz para solucionar las controversias internacionales y promover la cooperación para el desarrollo. Pero a la muerte de Roosevelt, en EU se impusieron los que habían hecho de la guerra el mayor de los negocios y cerraron el camino de la paz: el complejo militar industrial, contra cuyo predominio haría una insólita advertencia el general Eisenhower al dejar la presidencia de EU. Hiroshima dejó pendiente la paz.
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