miércoles, 8 de enero de 2014

Lo Viejo y lo Nuevo.

Hablar de lo viejo solo en el sentido de lo que ha existido y todavía puede, o no tener algún valor en el presente, lo nuevo querrá decir, lo que esta surgiendo, lo que empieza a existir y aún no se configura en definitiva, y que puede tener realmente el sentido de una transformación positiva. El desarrollo histórico de todas las épocas siempre ha convivido y se han entrelazado lo viejo y lo nuevo, influyéndose mutuamente. No se dan épocas absolutamente viejas, ni épocas absolutamente nuevas, no hay sociedades en las que todo sea nuevo; no hay presente sin pasado, y el pasado y el presente juntos preparan el porvenir. Los momentos de la historia se encadenan siempre entre si, en un desarrollo indefinido, en algo de lo viejo y en diferentes escalas, hay una vitalidad acumulada que se convierte en vigorosa perdurabilidad.
Hay rocas y mármoles trabajados por el hombre, por la mente y la mano del hombre, que perviven desde hace unos milenios; ya no cumple la función que sus constructores les asignaron pero fue tanta la fuerza que les comunicó la pasión y el genio de quienes las construyeron, que todavía pueden comunicar un soplo de enérgica belleza a los hombres de hoy y todavía nos transmiten un mensaje de exaltada esperanza. El pasado viviente lo tenemos en la cultura y en el carácter de los mexicanos, y en sus instituciones económicas, sociales y políticas.
Los españoles se propusieron arrasar  las viejas culturas indígenas; no tenían mas remedio que intentarlo porque enfrentados de pronto con un panorama, con una organización social muy superior a lo que ellos imaginaban en éstas tierras, en algún momento sintieron el pavor de la frustración y el fracaso. Se encontraron con esa colosal máquina de vida que ciertamente correspondía a un estado inferior de la evolución histórica de la humanidad, pero era de todas maneras una maquina colosal de existencia colectiva. Pero ni los españoles conquistadores tenían una noción aproximada de lo que significa destruir de raíz, culturas como las prehispánicas, así, aquél pasado indígena avanzando subterránea y clandestinamente, desde la conquista y a través de la colonia, se convirtió en un elemento básico de una nueva nación. La nación que se gesto en los 300 años de la colonia española ya no sería india, ni española ni negra, seria una nación distinta con un sello predominantemente indígena. Somos algo distinto, somos una nación plenamente mestiza. Hay, ha habido- no se si lo siga habiendo en el futuro inmediato-  en el mexicano un cierto fatalismo que viene de los indios; una cierta fe provisional mezclada a un pesimismo definitivo, o de otro modo fe en las cosas inmediatas, pero cierto escepticismo en lo trascendental, jamas hubo paz entre los españoles y los indios en esos 300 años de colonia.
Con la Revolución de Independencia, vuelve a acentuarse el sentido radical de nuestra historia, la Revolución de Independencia en México fue diferente a las que se libraron en cualquier otro lugar del continente americano.
Hidalgo fue el primer gran radical en la historia de México, el gran caudillo de aquella época de indios y mestizos que a su grito inicial "Vamos a matar gachupines", lleno de sentir político, es decir, no solamente vamos a derribar a los españoles del poder, vamos hacerlos desaparecer como clase social, ese es el grito radical que resuena en todo el continente americano de aquella época.
Le sigue Morelos, un gran reformador, "Moderar, -decía en los Sentimientos de la Nación- la opulencia y la indigencia", luego la lucha de los liberales y conservadores hasta el triunfo de la República, es una lucha a fondo que acuña grandes experiencias, enseñanzas e instituciones. Ni liberales ni conservadores eran tibios, ambos unos y otros eran radicales en su posición y ambos libraron una guerra muy cruenta y prolongada, y los hechos de aquella contienda también tienen el sello del radicalismo de la historia mexicana: expropiación de los bienes de la iglesia y eliminación de todos los fueros del ejército y de la iglesia, las leyes de Reforma que conforman por primera vez un estado homogéneo mexicano y el fusilamiento de un emperador. 
Sobrevivió de Juárez mucho tiempo la energía para defender a la Nación, para defender el derecho de autodeterminación de un pueblo, para rechazar una invasión, para organizar jurídicamente al país, para abatir fueros y privilegios indebidos.
La Revolución mexicana constituyó otro capítulo de esa historia también radical, fue una Revolución muy violenta y con un rumbo muy amplio y audaz y estableció nuevas formas de vida para la nación, que aún estan en vigor, el resultado más importante desde el punto de vista jurídico fue la Constitución de 1917 que en varios aspectos representaba una innovación en el derecho constitucional internacional.
Desde entonces partiendo de esa constitución, hay un proceso de transformaciones de la sociedad mexicana en gran escala y en menor escala; algunas realizadas con profundidad y otras solo superficialmente. Algunas fructuosas y otras frustradas.
El sentido del progreso, de la superación de las condiciones de vida, que esta presente en todas nuestras revoluciones históricas, el sentido del cambio en un rumbo progresista, de la transformación continua de las condiciones en que se vive. Si se observa de verdad la historia de nuestro país, que aquí se ha dado siempre, desde nuestros origenes remotos, pueblos con gran decisión para vender lo propio, luchas por el progreso-consevido en los términos de cada tiempo- y hacer mejor la existencia. Pero junto a esto que es viejo y sigue siendo vital y no solo hay que conservar, sino desarrollar, existe también lo viejo, lo que permanece, pero ha caducado: lo que no es positivo, lo que es negativo, más no porque sea viejo, sino por su falta de esencia vital.
Lo que en México ha caduco por el propio transcurso de nuestra historia ahora se entrelaza con lo que esta caducando en todo el mundo; y lo nuevo que surge en México también se relaciona con lo nuevo que esta surgiendo en el mundo porque la situación a la que ha llegado nuestro país, en que quizá, o sin el quizá, ha llegado la hora de hacer un nuevo balance para rectificar procedimientos, enderezar rumbos, ajustar métodos y situaciones a las exigencias de la vida que esta cambiando todos los días.
Hay, un entrelazamiento entre lo viejo y lo nuevo, en la obra de transformar la vida. Muchos hombres viejos, ojalá fueran conservados todavía para que su luz, valor y honradez siguieran sirviendo a la Nación. Y muchos jóvenes tienen que aprender de esos viejos, y muchos viejos tienen que entender el relevo y la renovación de la vida inflexible e inevitable. Hombres y mujeres con sentido de transformación que quieran abrir las puertas de par en par es lo que necesita la Nación.

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