Por Raúl Moreno Wonchee
En la víspera, ya nomás quedan cinco o seis y el método revalidó el recurso: prácticamente se han unificado las propuestas de los candidatos, signo inequívoco de unidad institucional, y lo que queda en juego es el liderazgo. Que a la capacidad probada de conducción se sume una trayectoria que no dé lugar a que en un futuro se pueda involucrar a la Universidad en conflictos que comprometan su autonomía y estabilidad. Don Ignacio Chávez, quizá el más eminente universitario de los que han ocupado la Rectoría, inició su primer mandato en 1961, a tres años de las elecciones presidenciales de 1964. El desenlace de la sucesión presidencial en favor de Díaz Ordaz, que algún resabio tenía hacia el sabio cardiólogo, se dio en un momento en que la Universidad reformaba el bachillerato, lo que generaba graves tensiones en su interior. La falta de entendimiento entre el Presidente y el Rector llevó a un conflicto que condujo a la renuncia de Chávez y a la más grave crisis institucional de la UNAM. Ahora, el rector José Narro tiene, entre sus grandes méritos, haber impedido que la histeria anti Peña, generada y nutrida en círculos derechistas de las universidades privadas y que ha causado estragos entre las clases medias, cundiera en la Universidad sin que haya disminuido un ápice el filo crítico de su pensamiento social, político y económico. Discreción y serenidad para salvaguardar lo alcanzado y para avanzar. Por eso menciono, en primer lugar a Graue, y luego, en orden alfabético, a Castañeda, Laclette y Lomelí. Y por supuesto a Rosaura, una mujer que siempre ha luchado por las mejores causas de la Universidad. (Como no es fútbol ni política ni matrimonio, se vale tener varias preferencias).
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