Por Raúl Moreno Wonchee
¡Alto al fuego! Resonaron en La Habana las ordenes unísonas del presidente Juan Manuel Santos y del comandante Timochenko, apadrinados por Raúl Castro y rodeados por mandatarios representativos de esta América nuestra: Michelle Bachelet y Nicolás Maduro, de Chile y Venezuela, garantes de la paz; Danilo Medina de la República Dominicana presidente en turno de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños; Enrique Peña Nieto y Salvador Sánchez Cerén, de México y El Salvador, acompañantes del proceso. El cese bilateral y definitivo del fuego y el desarme progresivo de las FARC deja atrás una guerra fraticida que durante más de medio siglo ensangrentó a Colombia. Todavía no es la paz, se dijo. Y en efecto, aún falta cumplir lo pactado y pactar lo que falte. Pero el gran paso no tiene reversa y dará un impulso decisivo al proceso de paz que pronto alcanzará su culminación. Es un portentoso acontecimiento de enorme significado, en primer lugar para ese país hermano que reafirma su derecho a vivir en paz. Y desde luego para toda América Latina cuya democracia se ensancha y su soberanía se fortalece en esta hora de oscuros presagios reaccionarios. Porque la paz en Colombia no será neutral ni mucho menos consecuencia de rendiciones ominosas, sino conquista de un movimiento que tomó las armas en defensa propia, de sus derechos y de su porvenir, y que ahora toma la valiente decisión de dejarlas para buscar la reconciliación nacional. Y también propuesta histórica de un gobierno que ha reconocido la legitimidad de esa lucha, asumido los compromisos pacifistas anteriores y derrotado a los que al medrar con la guerra han servido al intervencionismo imperial.
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