Por Raúl Moreno Wonchee
Cuando pasan cosas como las del domingo 8, más nos vale atender a los que saben, entre los que tiene un lugar relevante Francisco Labastida. El distinguido político sinaloense, cuya promisoria candidatura a la Presidencia de la República fue en su momento sacrificada para imponer la democracia sin adjetivos y que la alternancia inane nos precipitara al abismo de la anomia, no se anduvo con rodeos: el secretario de Gobernación encargado de las relaciones del Ejecutivo federal con los partidos y el Congreso de la Unión, equivocó la gestión de la Iniciativa sobre matrimonio igualitario que en la antevíspera de las elecciones provocó una embestida clerical en favor de la derecha. Luego, la propia Secretaría de Gobernación omitió su obligación de contener al clero dentro de los márgenes constitucionales. No faltó que entre los candidatos del PRI hubiera (el “hubiera” sí existe) quien rechazara la Iniciativa presidencial. Estos incidentes fueron el redondeo de una campaña a la que el PRI fue sin planteamientos programáticos. A diferencia de 2015 cuando apoyó su activismo electoral en los efectos positivos de las reformas para las clases populares, en las campañas recién pasadas, en momentos en que las reformas estaban demostrando, además, su eficacia contra las inclemencias de la economía internacional, los estrategas electorales y los candidatos del tricolor las relegaron al olvido. Y ahí donde los gobernadores priistas lo habían hecho mal, en Tamaulipas, Veracruz y Chihuahua los candidatos del PRI que sin duda eran las mejores opciones, se vieron impedidos de convencer por la falta de estrategia y fueron atropellados por oscuros personajes reaccionarios.
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