Por Raúl Moreno Wonchee
En la modernidad, el cambio ha sido signo y circunstancia de la vida social. No la mutación espontánea sino el cambio precedido por la idea de libertad, idea multifacética, intrincada, compleja, contradictoria, histórica en suma, en la que cada avance conlleva nuevos desafíos. Por eso el cambio, como reforma o revolución, se volvió imperativo. Pero ni las reformas ni las revoluciones pueden ser permanentes y las etapas y las pausas luego dan lugar a estancamientos y aún a retrocesos. En México, nuestras revoluciones han puesto bases constitucionales de las grandes reformas: la Reforma que forjó la República soberana, y las reformas cardenistas que dieron cauce democrático y social a la Revolución. Las turbulencias generadas por esas reformas en alguna medida determinaron su curso ulterior. El porfirismo fue la némesis de la Reforma. Y con altas y bajas, en cuatro décadas el poscardenismo administró el nacionalismo y la democracia social. En los cinco lustros que siguieron, ante la versión del agotamiento del modelo y el vuelco mundial, se postuló la reforma del Estado. Hubo entonces lugar a las privatizaciones, el Estado se debilitó y el PRI fue sometido a un premeditado desgaste que abrió paso a la alternancia. Pero la derecha llevó al estancamiento económico, el deterioro social y la parálisis política. En su retorno, los brujos debieron emprender las reformas largamente postergadas. El fortalecimiento de la democracia nacional fue la divisa. A la turbulencia anunciada se sumaron la injerencia extranjera, las expectativas reaccionarias defraudadas y los privilegios menguados. Y ahora, instalada en el revanchismo, la derecha patronal exige represión.
No hay comentarios:
Publicar un comentario