Para no dejar duda de la ubicación del ministerio de las colonias que en un rapto de lirismo Fidel Castro ubicó en la OEA, fue en el Departamento de Estado donde se dictó el llamamiento firmado por EU, Canadá y catorce países latinoamericanos, urgiendo a las autoridades venezolanas a “que los pasos pendientes para la realización del refrendo revocatorio presidencial se adelanten de manera clara, concreta y sin demora”, es decir, se violenten los plazos y requisitos que establece la ley. Prisa democrática por “garantizar el ejercicio de los derechos constitucionales de los venezolanos” cuando ninguna de las constituciones de los países representados por los signatarios contempla el referéndum revocatorio. A la incongruencia se sobrepone el dictado imperial que busca anular los principios de autodeterminación y no intervención, así como el repentino retorno de una peligrosa obsecuencia que puede llevar a América Latina a ver menoscabada su soberanía. En los últimos años, la CELAC se erigió en un gran instrumento de unidad de los Estados latinoamericanos y caribeños. Su apoyo a Cuba fue decisivo para que EU moderara su hostilidad y optara por las relaciones diplomáticas. Hace unos meses, Latinoamérica rechazó las pretensiones norteamericanas de sumarla al hostigamiento contra Venezuela. Pero hoy, la CELAC está ausente y la injerencia en auge. México, que Peña definió latinoamericanista, pisó en falso y firmó. La canciller le ha puesto corchetes a la no intervención y el Senado ha olvidado vigilar que la política exterior se ajuste a la Constitución. Mientras Trump y Clinton --la brutalidad y la perfidia-- abusan de México en su disputa.
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