lunes, 10 de octubre de 2016

La nave va. Nicandro.

Por Raúl Moreno Wonchee

Antes del 68, en nuestro país había organizaciones estudiantiles nacionales, democráticas, permanentes, que promovían un activismo combativo cuya militancia se inscribía en la vanguardia de la Revolución Mexicana en lucha contra las desviaciones del gobierno, en favor de la educación popular, por la solidaridad con los obreros y los campesinos, en defensa de la soberanía,  contra el imperialismo. En septiembre del 56, los estudiantes del Politécnico resistían el embate de quienes  buscaban mediatizar el sentido popular de esa gran institución educativa fundada por el presidente Lázaro Cárdenas. El Ejército tomó el Internado, que fue clausurado. Nicandro Mendoza, dirigente de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos y líder del movimiento, fue encarcelado gracias a lo cual disputó con Carlos Sánchez Cárdenas el honor de ser el primer procesado con cargo al famoso Artículo 145 del Código Penal Federal. Militante del Partido Popular y lombardista de los mejores, al salir libre, luego de alcanzar su título de médico y reverdecer laureles en la política, se dedicó a la docencia de la farmacología hasta llegar a jefe del Departamento correspondiente en la Facultad de Medicina de la UNAM. Hace cuarenta y tantos años, en la Facultad coincidimos en el movimiento por el cogobierno, hoy medio olvidado pero que sacudió en serio a la Universidad y al mundo médico y  donde   hicieron sus primeras armas en la política universitaria Juan Ramón de la Fuente y Enrique Graue (José Narro, ya entonces fogueado, hizo sus segundas o terceras). Nicandro, junto con Bernardo Castro Villagrana y Roberto Folch (que le han de haber dado la bienvenida al círculo del ultramundo reservado a los buenos y magníficos),  formó parte de un numeroso grupo de distinguidos profesores que se sumaron a aquella utopía democrática universitaria. En las multitudinarias y tumultuosas asambleas y las innumerables y largas reuniones de la Comisión Mixta donde fumar era obligatorio porque (casi) todos lo hacíamos, la participación de Nicandro fue decisiva para canalizar una grave crisis provocada por el populismo entonces en boga –el primer ingreso en la Facultad llegó a ser de cinco mil alumnos— e impedir una crisis institucional mayor. En los años siguientes, mi relación con Nicandro se espació: encuentros en los pasillos de la Facultad, un cafecito para recordar y conversar de todo, una comida de vez en cuando siempre contenida por la sencillez y la frugalidad de Nicandro lo que ampliaba el tiempo y mantenía el entendimiento para cultivar nuestras añejas convicciones. Quiero recordar dos momentos: un encuentro en el Moscú de los setenta adónde lo llevó su amor filial y nos reunió nuestra comunión por la paz y el socialismo, y una conmemoración reciente del 2 de octubre donde lamentamos al unísono que una manipulación perversa del 68 haya traducido en mensaje de derrota, muerte y desaliento lo que debió ser un legado de lucha. Hace unos días murió mi amigo, compañero y colega, el doctor Nicandro Mendoza.

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